SALTA.- (Por Diego Nofal) La memoria del agua es más persistente que la de algunos funcionarios públicos en Salta. Cada año, las inundaciones en el norte provincial escriben la misma tragedia con letras de lodo. Los desplazados, las casas perdidas y los animales ahogados son un guion repetido. Mario Mimessi debería conocer este texto de memoria, tras su paso como concejal e intendente de Tartagal. Sabe que la ayuda tarda semanas en llegar a quienes lo perdieron todo. Ahora, como ministro de Desarrollo Social, esa realidad forma parte de su escritorio. Sin embargo, la solución definitiva brilla por su ausencia, postergada década tras década.
Es ofensivo que el ciclo sea tan previsible como el almanaque. El gobierno provincial aparece, cada año, con un puñadó de mercadería para auxiliar a las familias. Es un parche mojado sobre una herida estructural que requiere cirugía mayor. La política se reduce a la foto oportuna y la asistencia tardía, nunca a la obra que evite el desastre. Resulta aún más cínico recordar las elecciones del año pasado. Esas votaciones se realizaron con cientos de familias aún sin poder regresar a sus hogares. La democracia avanzó, ignorando el barrio y las pertenencias de muchos ciudadanos bajo el agua.
Pero hay un gesto que trasciende la ofensa y se instala en el insulto puro. Es la foto del ministro Mimessi con el agua hasta la cintura. Esa pantomima de entender el sufrimiento ajeno es de una hipocresía monumental. Sabe perfectamente que ninguna ayuda rápida y contundente llegará para recuperar lo perdido. Esas imágenes son la esencia de una política vieja y gastada que la sociedad intenta desterrar. A veces lo logramos con buenas decisiones, como leer entre líneas los discursos vacíos. Otras veces, con pésimas elecciones, como votar a personajes esperpénticos por desesperación. El ministro, claramente, no entendió ese mensaje de repudio hacia el figurín.
Todos vimos la secuencia completa, aunque solo se publicó el instante glorioso. Mario Mimessi salió del agua, se secó y se cambió de ropa en un lugar seguro. Seguramente regresó a su casa calentita, a esperar una cena reconfortante. Esa es una realidad que ninguna de las personas verdaderamente inundadas podrá disfrutar en semanas. Su teatro acuático fue un breve cameo en una película que para otros es un drama interminable. La diferencia entre el actor y el espectador real es abismal, un océano de privilegios.
El norte salteño no necesita salvavidas de egos, necesita diques, planificación y obras serias. La foto del ministro es el símbolo de una administración que reacciona, nunca previene. El año pasado las aguas cubrieron las mismas calles, las mismas vidas. Nada sustancial se hizo durante estos doce meses para cambiar el final de este capítulo. La naturaleza es cíclica, pero la incompetencia parece serlo aún más. Los gobiernos pasan, los ministros desfilan y el río, implacable, vuelve a crecer.
Es insultante porque convierte el dolor ajeno en un recurso de marketing político barato. Mientras las familias luchan por rescatar un colchón, el funcionario busca rescatar su imagen pública. La ayuda real, la que reconstruye puentes y esperanzas, sigue en algún lugar de la burocracia. La política del espectáculo es una burla a la inteligencia ciudadana y una puñalada a la dignidad. Los salteños merecen autoridades que trabajen con la cabeza y el corazón, no solo con un teléfono para la foto. El agua se llevará los escombros, pero la mala memoria política parece quedarse para siempre.
La próxima crecida encontrará, seguramente, a las mismas comunidades en idéntica vulnerabilidad. Y quizás, a otro funcionario buscando el ángulo perfecto para su momentánea inmersión solidaria. El verdadero desarrollo social se mide en hechos secos, no en gestos mojados. Exijamos, como ciudadanos, una política que dignifique y no que insulte. Que la próxima vez que un ministro se meta al agua, sea para inspeccionar un muro de contención ya finalizado. Hasta entonces, estas imágenes solo servirán como recordatorio de todo lo que no se hizo.
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