SALTA.- (Por Diego Nofal) En nuestras últimas notas advertíamos la existencia de una clara tregua en el panorama político salteño. El gobernador Gustavo Sáenz y sus opositores de La Libertad Avanza parecen haber depuesto las armas. Aparentemente, la orden de cesar el fuego no se generó de manera local, sino que llegó desde la Nación. Era fácil intuir este origen, pero faltaba bucear en las complejas relaciones entre ambos actores. Los entretelones de este acuerdo explican la tan ansiada pausa mediática que hoy disfrutan, o padecen, los habitantes de la provincia.
Resumir el enfrentamiento entre estas dos figuras en los últimos meses sería una tarea larga y casi épica. Resulta vano intentar determinar quién lanzó el primer dardo, pues la verdad es que hubo artillería pesada de ambos bandos. La política salteña a veces se asemeja a un drama teatral con demasiados actores protagónicos. El Gobierno provincial, a través de medios afines, inició una fuerte campaña de desgaste contra la senadora. Canal 10 y los medios del intendente Emiliano Durand fueron los altavoces elegidos para esa misión, sin mucha sutileza.
Por supuesto, la respuesta libertaria no se hizo esperar y demostró su conocida eficacia en la comunicación. Si hay algo que se le puede ponderar a La Libertad Avanza es su manejo en medios alternativos y redes sociales. Desde sus trincheras digitales, se encargaron de replicar cada declaración explosiva de Emilia Orozco. El objetivo claro era desgastar la figura del gobernador, logrando crear un eco constante de críticas. La guerra de narrativas mantuvo entretenidos a los salteños durante largas jornadas.
Cada bando, como en toda buena contienda, tuvo su momento de gloria y su premio correspondiente. En mayo, el triunfo electoral fue para el oficialismo provincial con su maquinaria bien aceitada. Sin embargo, en octubre la presea se la llevó claramente la senadora Orozco con su potente desempeño. Las elecciones funcionaron como un ring donde se midieron fuerzas de manera sucesiva. Ahora, con las urnas guardadas, llegó el momento de la supuesta tregua y los apretones de mano forzados.
No obstante, esta pausa no fue negociada en los pasillos de la Casa de Gobierno en Salta. Las tratativas se realizaron con miembros del gobierno nacional que dirige La Libertad Avanza. En ese marco, el gobernador Sáenz le advirtió al ministro del Interior, Diego Santilli, sobre la falta de apoyo parlamentario. La condición era clara, sus legisladores no apoyarían iniciativas nacionales si Orozco seguía lanzando críticas. La política, al fin y al cabo, suele reducirse a intercambios poco románticos y muy pragmáticos.
Aparentemente, la orden del gobierno nacional llegó con rapidez luego de esa advertencia. Después de eso, Emilia Orozco, quien eventualmente tiraba algún dardo por elevación, silenció sus críticas. Directamente cesaron los ataques públicos y nunca más volvió a mencionar al gobernador en tono beligerante. Uno casi podría extrañar el espectáculo, esa sensación de encender la radio y no saber qué nuevo episodio escucharíamos. La calma chicha resultante es, en sí misma, un fenómeno digno de estudio para los politólogos.
Lo decimos ahora como lo hemos expresado cientos de veces en nuestras columnas anteriores. No parece haber diferencias sustanciales entre votar al gobierno provincial y votar a La Libertad Avanza. Los problemas de Salta, según parece, terminan solucionándose en un escritorio en la provincia de Buenos Aires. La autonomía provincial brilla por su ausencia en estos acuerdos de cúpula que deciden nuestro destino. Los votantes merecen algo más que esta paz fabricada desde oficinas lejanas y ajenas a nuestra realidad cotidiana.
Esta tregua demuestra que las grandes batallas ideológicas a menudo se someten a la lógica del poder práctico. Sáenz y Orozco, antes enemigos acérrimos, ahora coexisten en un silencio pactado que beneficia a ambos. La pregunta que queda flotando en el aire es cuánto durará esta frágil tranquilidad. La política es cíclica y hoy son amigos, mañana quién sabe, podrían volver a ser adversarios. Mientras tanto, Salta observa y espera, acostumbrada a estos giros repentinos de su eterna novela política.
El humor salteño, tan característico, ya debe estar forjando chistes y memes sobre esta repentina concordia. Después de todo, si no nos reímos un poco de nuestros propios líos, terminaríamos llorando. Esta tregua mediática es, en el fondo, un paréntesis en una historia que seguramente tendrá nuevos capítulos. Solo esperamos que los próximos sean un poco más originales y un poco menos predecibles en su desarrollo. La provincia merece un debate de ideas genuino, no meros guiones escritos desde distantes capitales.
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