SALTA.- (Por Renato Ocampo) En el teatro de lo absurdo que suele ser la política local, la 6ª Sesión del Concejo Deliberante de Salta se erige como una pieza magistral de teatralidad y despilfarro institucional. Mientras la ciudadanía intenta descifrar cómo sobrevivir a la economía diaria, nuestros representantes han decidido que el mejor uso para un presupuesto de más de 10 mil millones de pesos es sumergirse en una agenda que oscila entre la cosmética urbana y el archivo sistemático de la transparencia.
La concejal María Florencia León (LLA), en un arrebato de optimismo republicano, osó presentar un proyecto para crear un Régimen de Transparencia Tributaria Municipal. ¿La respuesta del bloque mayoritario? Un rotundo «no» comandado por el concejal Gonzalo Darío Nieva, quien, aconsejó enviar la transparencia directamente al archivo. Parece que, en este cuerpo deliberativo, saber qué se hace con el dinero es una curiosidad impertinente.
No satisfecha con su primer revés, la concejala León solicitó informes sobre la pauta publicitaria del Presupuesto 2026. Aquí, la concejal Camila Fernanda Lobo Quiroga, quien responde directamente al intendente Emiliano Durand, asumió el rol de guardiana de los secretos, recomendando nuevamente el archivo. Es fascinante observar cómo se protegen las partidas de propaganda mientras el vecino paga por un servicio que apenas percibe.
Pero donde el Concejo realmente brilla es en la gestión de lo irrelevante. El concejal (m.c.) Martín Corral, con el aval de un José García Alcázar que parece encontrar su vocación en la pérdida de tiempo, propuso modificar nombres en espacios públicos. Porque, claramente, el problema de Salta no es la infraestructura, sino que tal o cual plaza no tenga un nombre suficientemente poético.
En la misma línea de alta complejidad técnica, el concejal Gonzalo Nieva plantea la derogacion de ordenanzas viejas. Una limpieza de archivos que, por el costo que pagamos, bien podría haber hecho un pasante en una tarde de lluvia, pero que aquí se eleva a la categoría de dictamen de comisión.
El segmento de «Ingeniería de Tránsito para Principiantes» estuvo a cargo de Ángel Ortiz y la concejal (m.c.) Paula Medici, bajo la atenta supervisión del miembro informante Gustavo Farquharson. El primero, preocupado por cambiar el sentido de circulación del Pasaje Tineo (un experimento de escala global, sin duda); la segunda, con la revolucionaria idea de señalizar un reductor de velocidad en la Avenida República del Líbano. Es conmovedor ver a figuras públicas debatiendo sobre un lomo de burro con la solemnidad de quien discute un tratado internacional.
Farquharson continua su maratón de productividad ratificando el compromiso con el alcohol cero. Un proyecto de resolución para decir que están de acuerdo con lo que ya es ley. Brillante. Un uso del tiempo legislativo que justifica cada centavo de esos 10 mil millones. También se encargó de la «complejísima» tarea de proponer nombres a calles en el barrio Penitenciario.
Finalmente, el Concejo asumió su rol de beneficencia selectiva. Las concejalas Lobo Quiroga y Laura Zulema García se turnan para informar sobre condonaciones de deudas. Desde impuestos inmobiliarios hasta el permiso de uso de nichos. Un populismo de ventanilla que, si bien alivia a algunos particulares, no es más que un parche ante el grave aumento impiadoso de impuestos.
Resulta alucinante ver como algunos ediles retoman proyectos de colegas que ya no forman parte del recinto, y como ninguno de esos resulta útil para la sociedad salteña. Eso sumado a la falta de control que ejercen sobre la gestión de Durand, el aval al aumento sostenido de los tributos y la desorbitante cantidad de dinero que implica mantener funcionando ese poder del Estado, que todos los miércoles hacen su “show” para la tribuna.