SALTA.- (Por Diego Nofal) Resulta un ejercicio de asombro constante intentar descifrar la lógica financiera que impera en el edificio municipal de la capital salteña. Los vecinos que a diario esquivan veredas rotas o sortean baches de dimensiones geológicas se preguntan si sus impuestos se pagan en una moneda paralela. El último gran anuncio oficial, esa maravillosa remodelación de la Plaza Evita, viene con una etiqueta de precio que produce un leve pero persistente mareo. El intendente Emiliano Durand afirmó con total naturalidad que arreglar ese espacio verde costará la friolera de 704.964.000 pesos y que valdrá cada centavo de alegría vecinal.
La cifra destinada al remozado de la plaza con juegos, luces LED y paseo gastronómico no sería tan llamativa si no se contrastara con otras realidades urbanas. Mientras se licitan 704 millones para un parque, los barrios periféricos siguen esperando que el camión atmosférico pase con una frecuencia menor a la del cometa Halley. El contribuyente se rasca el bolsillo y el alma preguntándose si no sería más efectivo gastar esa fortuna en asfaltar cien calles de tierra. La respuesta oficial parece ser que una buena foto del intendente junto a un tobogán nuevo tiene un valor intangible incalculable. Es la economía de la sonrisa gubernamental y el bolsillo flaco del que paga los impuestos municipales.
El periodista Abel Díaz puso el foco en esta peculiar danza de los millones con una claridad que merece ser citada textualmente para que no quede duda alguna. Díaz declaró con indisimulable y certera indignación, “¿Saben en qué se va nuestra plata? En Plaza Evita, 704.964.000 pesos, dijo Emiliano que va a salir a arreglar la Plaza Evita. El IPS tiene un faltante de 25.000 millones de pesos. La publicidad que gasta Emiliano Durán para que los medios hablen a su favor, inventen cosas de otra gente, etcétera, te sale a vos 5.438.904.000 pesos, más de 5.000 millones paga Emiliano en Facebook, en Instagram, en redes sociales, en Que Pasa Salta, en Salta Soy, en Canal 10, Canal 11, etcétera, etcétera”. Las palabras del colega retumban con la fuerza de una verdad que nadie en el oficialismo municipal quiere escuchar en voz alta.
Lo verdaderamente curioso y económicamente retorcido de este gasto en pauta oficial es el conflicto de intereses que flota en el ambiente como un perfume barato. Emiliano Durand no es solo el intendente que reparte los fondos publicitarios sino también propietario de varios medios que reciben esa misma pauta oficial. La empresa Infonoa SA, dueña del influyente portal Que Pasa Salta, fue constituida por el propio Durand junto a Marcos Javier Illesca y Marina Soler Carmona en junio de 2016. Este detalle jurídico convierte el presupuesto de publicidad en una suerte de bucle financiero donde el funcionario se paga a sí mismo. La maniobra podría considerarse una genialidad de la economía circular si no fuera porque el dinero es de los salteños.
Por si la trama no fuera lo suficientemente pintoresca y digna de un sainete criollo, el Concejo Deliberante capitalino hace de candado perfecto para la transparencia. La mayoría oficialista que responde al intendente ha bloqueado sistemáticamente y con una dedicación envidiable todos los pedidos de informes sobre el reparto de la pauta. El concejal Pablo López presentó un proyecto para prohibir que funcionarios y familiares cobren publicidad del municipio pero la iniciativa duerme el sueño de los justos. La comisión correspondiente jamás logró el quórum necesario para tratar el tema y los ediles oficialistas miraron para otro lado. Al parecer controlar el destino de los fondos públicos es menos urgente que discutir el nombre de una callejuela sin salida.
La lógica de invertir más de 5.400 millones de pesos en redes sociales y medios amigos resulta especialmente hilarante cuando se analizan los resultados obtenidos. A pesar de la catarata de dinero destinada a Facebook, Instagram y portales de noticias afines, la imagen del intendente no logra despegar entre los ciudadanos. Es como si los salteños tuvieran la extraña manía de creer más en el estado de su calle que en un reel de Instagram con música motivacional. Cada historia publicitada y cada artículo elogioso se pagan con el mismo bolsillo que sufre los aumentos descomunales del impuestazo municipal acumulado en casi un quinientos por ciento. La publicidad oficial se ha convertido en un barril sin fondo que solo moja a los amigos del poder.
Los vecinos de la capital observan atónitos cómo se financian elogios pagos y posteos con filtros caribeños mientras los servicios básicos esperan su turno eterno. La próxima vez que un salteño sortee un charco de origen dudoso en pleno centro podrá consolarse pensando que su esfuerzo fiscal contribuyó a un banner publicitario. El humor popular, ese bisturí implacable que todo lo disecciona, ya ha acuñado su propia sentencia para definir la situación de la ciudad. Se dice por los bares y las redes que Emiliano Durand gestiona la municipalidad con el mismo criterio que un adolescente maneja la tarjeta de crédito de sus padres. Mucho brillo en las fotos pero el resumen de cuenta llega con un cargo de conciencia ajeno.
Tal vez ha llegado el momento de recordar que el dinero municipal no es una caja chica para alimentar el ego ni para construir un imperio mediático personal con fondos ajenos. La publicidad oficial debería limitarse a informar sobre campañas sanitarias o trámites importantes y no a sostener una estructura de propaganda que beneficia directamente al funcionario de turno. Los contribuyentes capitalinos merecen saber con precisión quirúrgica qué periodistas y qué medios engordan sus cuentas bancarias gracias a la chequera de la intendencia. La transparencia no puede ser una palabra vacía que solo se pronuncia en los actos protocolares mientras las rendiciones de cuentas se esconden bajo siete llaves. Ojalá que algún día se entienda que la mejor campaña de imagen es una ciudad limpia y funcional y no una historia paga de Instagram.
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