SALTA.- (Por Diego Nofal) Cada vez que Miguel Ángel Pichetto posa su mirada política sobre el norte argentino, el escándalo parece servido en bandeja de plata. La última vez que se refirió a los parajes boreales de nuestra nación generó una polémica de dimensiones épicas. En aquella oportunidad, el diputado nacional sentenció que el folklore norteño y el entrañable charango nada tenían que ver con la República Argentina. Sus declaraciones altisonantes y completamente ayunas de respaldo documental han quedado, sin embargo, absolutamente opacadas por su más reciente incursión dialéctica. Ayer, el legislador decidió acusar directamente a Gustavo Sáenz de ser el principal impulsor de una intervención al Partido Justicialista.
«La intervención está empujada por algún gobernador del norte, hay una construcción de un outsider», señaló Pichetto en una clara alusión al mandatario salteño. El dirigente fue mucho más allá en sus apreciaciones y aseguró con total convencimiento que el gobernador Sáenz y un grupo de afiliados buscan intervenir el PJ. El objetivo final de esta maniobra, según la colorida teoría de Pichetto, sería ungir como candidato al pastor evangélico Dante Gebel. Gebel es un carismático predicador que actualmente reside en Estados Unidos y coquetea con la idea de incursionar en la política.
Si bien es cierto que muchos analistas observan a Sáenz como uno de los promotores de una intervención partidaria, este no es un dato novedoso en absoluto. En repetidas oportunidades, el gobernador de la provincia pidió públicamente que Cristina Fernández de Kirchner se apartara de la conducción del PJ. Su argumento recurrente ha sido la necesidad de que surjan nuevos líderes dentro del movimiento para revitalizarlo. Pero esta nueva avanzada dialéctica en contra del mandatario provincial tiene bastante que ver con un hecho judicial reciente. Ricardo Villada, exfuncionario de máxima confianza de Sáenz, fue designado como interventor del PJ jujeño por la justicia federal.
Lo que resulta extraño, y digno de un guión de comedia política, es la mutación discursiva de ciertos militantes del peronismo. Hace apenas seis meses, esos mismos dirigentes aseguraban que en nada afectaba al partido el alejamiento de gobernadores como Raúl Jalil, Osvaldo Jaldo o el propio Gustavo Sáenz. Hoy, en un giro argumental digno de un elogio, señalan al gobernador salteño como una mezcla improbable entre Coty Nosiglia, Frank Underwood y Winston Churchill. Le atribuyen la responsabilidad de innumerables operaciones políticas, desde una supuesta alianza entre libertarios y kirchneristas hasta las negociaciones con mandatarios para favorecer al presidente.
Sin intención alguna de desmerecer la capacidad política de un dirigente que ha ganado tres elecciones importantes en la provincia, seamos honestos por un instante. Hoy en día, Gustavo Sáenz enfrenta el desafío de mantener la disciplina dentro de su propia tropa local. Resulta difícil de creer que pueda manejar los complejísimos hilos de la política nacional desde su despacho en el Grand Bourg. La imagen de Sáenz como un titiritero que mueve los destinos del peronismo desde Salta es, cuanto menos, una exageración mayúscula.
La realidad indica que la interna peronista es un laberinto de espejos rotos donde todos desconfían de todos y cualquier rumor se magnifica. El propio Pichetto admitió que su acusación se basa en «rumores» que circulan por los pasillos del poder, lo cual no es la base más sólida para una denuncia. La mención de Dante Gebel, un pastor que da vueltas por Estados Unidos según la irónica descripción del diputado, añade una capa de surrealismo a la ya de por sí enrevesada política argentina. Mientras tanto, el PJ sigue sin balances y con su conducción en una situación de extrema fragilidad institucional.
En este contexto, las declaraciones de Pichetto parecen más un intento de marcar agenda en medio del caos que un análisis riguroso de la realidad. Atribuirle a Sáenz un plan maestro para entregarle el partido a un pastor mediático es una teoría tan osada como la de negar la argentinidad del charango. Quizás, solo quizás, el problema no sea lo que pasa en el norte sino la necesidad de algunos dirigentes de encontrar un culpable para las propias desventuras de un peronismo que hace tiempo perdió el rumbo.
De todas maneras esta película acaba de empezar, no sé ustedes, pero yo voy a comprar pochoclos para ver la segunda parte de la saga, que seguro incluirá una dura respuesta de Gustavo Sáenz.