SALTA.- (Por Diego Nofal) La política salteña se parece cada vez más a un partido de truco donde todos esconden un as de espadas bajo la manga, pero a veces ese naipe salvador resulta ser un cuatro de copas que te deja pagando el convite. La intervención judicial del Partido Justicialista local le abre a Gustavo Sáenz un abanico de posibilidades tan amplio como un precipicio, porque los grandes golpes de timón en la provincia suelen terminar con el capitán celebrando en la cubierta o flotando en el dique Cabra Corral sin salvavidas. El gobernador se ilusiona con quedarse con el sello partidario y así reconstruir la estructura política más grande del distrito, una herramienta que le permitiría ordenar el tablero a su antojo mientras saborea el primer café de la mañana.
Con el control del PJ en sus manos, el mandatario no solamente sumaría fiscales, punteros y una mística que todavía moviliza multitudes, sino que además conseguiría un beneficio adicional que muchos analistas ya empiezan a murmurar en voz baja como quien comparte un secreto familiar. Ese bonus inesperado consiste en mandar a jugar por fuera de la estructura partidaria a Juan Manuel Urtubey, quien hasta ahora había sido el principal representante del peronismo salteño y una sombra persistente para la actual administración provincial. Si todo saliera de acuerdo con este plan maestro, estaríamos presenciando el mejor doble play que registre la historia política de Salta, algo digno de ser enseñado en las facultades de ciencia política junto a las jugadas más célebres del caudillismo argentino.
Sin embargo, también sobrevuela la enorme posibilidad de que este operativo termine bastante mal y con los protagonistas contando los daños en el búnker, porque las internas judiciales son como los gatos encerrados que maúllan justo cuando abrís la puerta. El sector que representan Pablo Kosiner y Juan Manuel Urtubey dispone de un par de alternativas bastante interesantes para trabar la avanzada oficialista, y no se trata de simples berrinches de dirigentes que perdieron la lapicera. La primera opción consiste en cuestionar la jurisdicción de María Cervenida Cubría en la intervención del Partido Justicialista de Salta, un recurso técnico que podría demorar los tiempos y cambiar el escenario por completo si un tribunal superior decide mirar la causa con otros ojos más afines a los exgobernadores.
Ese no es el único recurso jurídico que le queda a la dupla opositora, pues además tienen instancias de apelación y un par de opciones más para analizar junto a sus abogados de cabecera mientras repasan las fojas del expediente como quien busca la estampita ganadora. El camino de la judicialización podría extenderse lo suficiente como para que la intervención se desinfle sola, víctima del hastío y de las agendas superpuestas que siempre terminan licuando las grandes gestas tribunales en la política provincial. A veces la estrategia más eficaz no es ganar el juicio, sino hacer que el rival se canse de esperar la sentencia mientras la opinión pública ya mudó su atención hacia otro escándalo más jugoso y con mayor rating en las redes sociales.
Pero el panorama más complejo y digno de una serie de Netflix se daría en caso de que el sector de Urtubey decidiera ir a elecciones internas contra el espacio que conduce Gustavo Sáenz, una confrontación que dejaría de ser una simple competencia para convertirse en la madre de todas las batallas del peronismo salteño. Ese sector que representa al actual gobernador ya sabe que podría ocurrir el escenario ideal, donde se queda con el sello partidario y desplaza a Juan Manuel Urtubey hacia los márgenes del mapa político como quien borra una anotación en un pizarrón. La interna sería entonces un trámite previsible, con final cantado y con los fiscales oficialistas celebrando antes del escrutinio en alguna peatonal céntrica repleta de empanadas y algarabía contenida.
El problema mayúsculo y la pesadilla que le quitaría el sueño a más de un funcionario del gabinete provincial aparece cuando uno se pregunta qué ocurre si el sector de Juan Manuel Urtubey se impone en esos comicios internos. No solamente le otorgaría un sello político de fuste al exgobernador, sino que además le permitiría llegar a las próximas elecciones generales con la maquinaria del justicialismo aceitada y lista para atentar contra el triunfo del actual mandatario en las urnas. Una derrota en la interna transformaría a Urtubey en el candidato ungido por el peronismo, algo así como devolverle las llaves del auto a quien manejó durante doce años y que conoce cada curva del camino hacia la victoria provincial.
Ese hipotético triunfo también podría ayudar a muchos dirigentes que hoy están dudando sin saltar el cerco, mirando hacia ambos lados con la prudencia del que no quiere quedar pegado a un barco que hace agua ni perderse el último crucero hacia el poder. Los convencería de que Juan Manuel tiene posibilidades reales de ganarle a su exaliado Gustavo Sáenz, y entonces el goteo de voluntades se transformaría en una estampida que reconfiguraría el mapa de alianzas en un abrir y cerrar de ojos. La política salteña es famosa por esos realineamientos vertiginosos donde los adversarios de ayer se abrazan hoy y los amigos del alma se cruzan de vereda sin escalas intermedias, dejando un tendal de anécdotas para los memoriosos.
La intervención del PJ se parece entonces a esa herramienta que promete arreglar todos los desperfectos de la casa pero que viene sin manual de instrucciones, lo cual obliga al usuario a rezar para no terminar electrocutado en el intento. Gustavo Sáenz enfrenta una disyuntiva que mezcla la gloria y la perdición en partes casi iguales, como esos platos regionales que llevan picante y dulce al mismo tiempo y que solamente los paladares más entrenados saben digerir sin pedir auxilio. El tiempo dirá si esta jugada lo consagra como el gran estratega del peronismo provincial o si simplemente le entrega a su principal adversario el escenario perfecto para un regreso triunfal que nadie, excepto los más agoreros, se animaba a pronosticar en los pasillos de la Casa de Gobierno.
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