SALTA – Si existe un ejercicio de estoicismo en la vida pública salteña, ese es asistir a una sesión de la Cámara de Diputados provincial. Quien busque allí la alta política, el debate de las grandes ideas o la sofisticación argumental que demanda una crisis, saldrá inevitablemente defraudado. Lo que domina la escena es una coreografía previsible: discusiones estériles, oratoria de cabotaje y una profunda disociación con lo que ocurre a escasos metros del palacio legislativo. La jornada de ayer fue un compendio perfecto de esa Argentina endogámica.
Mientras en la calle un grupo de estudiantes se manifestaba exigiendo algo tan elemental y urgente como la restitución del transporte público nocturno para poder volver a sus casas, adentro, el Palacio de las Leyes operaba en su propia frecuencia. En el recinto, el silencio sobre el transporte nocturno fue ensordecedor. Nadie acusó recibo. La política local prefiere sus propios laberintos antes que el asfalto real.
El drama paralelo del recinto
El orden del día, hay que decirlo, rozó la indigencia parlamentaria. Una reforma de la Carta Orgánica de El Carril y la media sanción para un registro de trabajadores de delivery —un intento normativo de atrapar con redes burocráticas la informalidad rampante— compartieron cartel con una idea de una ingenuidad conmovedora: crear «sellos» estatales para los productos de los Valles Calchaquíes. Como si el drama de las economías regionales fuera la falta de una etiqueta y no los costos logísticos, la asfixia fiscal y la falta de crédito.
Sin embargo, el verdadero nudo dramático de la tarde —el escenario donde se escenificó la fractura ideológica del país— fue el debate sobre el sobreendeudamiento de las familias salteñas. Un proyecto de declaración, empujado por el saencismo a través de Omar Exeni y Soledad Farfán, que dejó al desnudo las dos almas que hoy se disputan el sentido común de la sociedad.
El saencismo parlamentario gasta sus energías atajando los penales de una gestión provincial obligada al ajuste, ensayando sutiles pases de factura hacia la Casa Rosada. La iniciativa aprobada es un grito de auxilio disfrazado de ruego: pide a los legisladores nacionales que impulsen la suspensión por un año de las ejecuciones de deudas por servicios esenciales y que se limite el embargo de cuentas sueldo.
Exeni aportó el frío dato de la calle: seis de cada diez argentinos están endeudados. El legislador le declaró la guerra a las «deudas eternas» provocadas por tasas que arañan el 200% anual, y propuso, casi de manera voluntarista, un «tope» del 46%.
La respuesta de la oposición no se hizo esperar. A la derecha del estrado, en el fondo, se ubica el bloque de La Libertad Avanza. Es un archipiélago de voluntades bastante improvisado que intenta emular, con más énfasis que método, las chicanas y el estilo confrontativo de las huestes porteñas de Lilia Lemoine o de la senadora María Emilia Orozco. Ayer, el encargado de ejecutar el libreto de la ortodoxia fue Franco Lastra.
Con el dogmatismo propio de los conversos, Lastra dejó una frase para el bronce del absurdo subdesarrollado: «Estar endeudado no es malo». Su tesis es atractiva en la teoría de los manuales de finanzas, pero choca de frente con la realidad de un almacén de barrio: para el libertario, el endeudamiento es un síntoma de acceso al crédito en una economía que se normaliza tras el fin del «Plan Platita» y las regulaciones del DNU 70/2023. La solución que ofreció para el drama social tuvo un tinte de ironía involuntaria: celebrar que el Banco Nación ofrece un “rollover” de deuda con un Costo Financiero Total del 114%. Es decir, la invitación oficial a tomar deuda para pagar deuda.
La réplica corrió por cuenta de Gustavo Dantur, quien junto a Luis Mendaña, parece haber desempolvado el traje del viejo peronismo de la justicia social. Dantur ya tiene acostumbrada a la platea a una suerte de sesiones de espiritismo en sus alocuciones. Es un orador que prefiere la mística al Excel: en su universo, el espíritu de Evita Perón todavía camina entre las bancas.
Dantur cruzó con dureza la frialdad macroeconómica de los libertarios. «Las familias se endeudaron para comer», disparó, bajando el debate a la fosa común de la clase media empobrecida que ya no puede pagar la prepaga o la cuota del colegio debido a la desregulación de intereses que habilitó el Gobierno nacional. En un rapto de pragmatismo opositor, Dantur llegó a coincidir con Guillermo Durand Cornejo en la denuncia contra las «tasas usurarias».
El proyecto, por supuesto, se aprobó por amplia mayoría. La Libertad Avanza se quedó sola en su negativa, cómoda en su rol de minoría ideológica intransigente.
Al final del día, la sesión se levantó. No hubo quorum para manifestaciones. Los diputados volvieron a sus realidades y los estudiantes en la puerta siguieron esperando un colectivo que tardará en llegar.
Al fin y al cabo, el cronista político aprende que en Salta el melodrama institucional siempre ofrece una segunda función. Si usted, lector, siente la frustración de haberse perdido una sesión legislativa que prometía alto voltaje y terminó diluida en la burocracia de siempre, no desespere: la tarde nos depara el consuelo del Concejo Deliberante capitalino. El menú deliberativo de los ediles locales rara vez defrauda a quien busca el grotesco costumbrista. Quizá tengamos suerte y, entre expediente y expediente, el inefable José García decida matizar la modorra parlamentaria regalándole al recinto alguna de sus canciones. Después de todo, en una política que ha reemplazado los argumentos por el espectáculo, que el debate termine en un show de variedades es, apenas, una sutil vuelta a la normalidad.