SALTA – Hay una célebre advertencia del filósofo de la tecnología Evgeny Morozov que parece redactada pensando en la política salteña: “El solucionismo tecnológico es la ideología que legitima que problemas complejos sean reformulados como problemas de software explicables y de fácil resolución”. En los pasillos del poder salteño, sin embargo, la fascinación por la inteligencia artificial ha tomado un atajo mucho menos sofisticado. No se busca resolver la complejidad, sino maquillar la nada.
El desembarco de la IA en el Valle de Lerma expone una fractura expuesta entre dos formas de entender la praxis política. En los despachos donde todavía se conserva el hábito de la lectura, algunos asesores la utilizan con un purismo casi monacal. Es la IA como el copiloto de la razón jurídica: un instrumento veloz para desmenuzar jurisprudencia, rastrear antecedentes legislativos y auditar expedientes que antes demandaban semanas de café y pestañas quemadas. Hay allí una búsqueda de eficiencia que, mal que bien, dignifica la función pública.
Pero la política, en su versión más epidérmica, suele ser víctima de la desesperación por el engagement. Y es allí donde el algoritmo deja de ser una herramienta de gestión para convertirse en un juguete caro en manos de la frivolidad.
El caso de la diputada Laura Cartuccia ya no pertenece al análisis político, sino a la antropología del ridículo digital. En su afán por sintonizar con unas audiencias jóvenes a las que evidentemente no comprende, la legisladora transformó sus redes sociales en una suerte de parque de diversiones bizarro. La IA en manos de Cartuccia no sirve para ilustrar un proyecto de ley o para transparentar datos públicos; sirve para el retoque estético desmedido que la devuelve al mundo convertida en un avatar de animé, para disfrazar digitalmente a su perro o para construir montajes que rozan el surrealismo suburbano.

La diputada busca empatía, pero la cosecha es piadosamente calificada por los nativos digitales con un término técnico: cringe. Esa sutil forma de la vergüenza ajena que se siente cuando alguien confunde la modernidad con el disparate.
El peligro de esta deriva no es meramente estético. La ironía de la inteligencia artificial es que, al automatizar la creación de formas, deja al desnudo la absoluta ausencia de fondo. En una Salta asediada por urgencias estructurales que requieren una densidad conceptual urgente, la política se abarata cuando se reduce a una galería de espejismos digitales. Al final del día, el algoritmo es un espejo implacable: cuando no hay ideas, la IA solo sirve para proyectar el vacío en alta definición y con colores más brillantes.
