SALTA.- (Por Diego Nofal) En los últimos días, Emiliano Durand recibió una noticia que no esperaba cuando su teléfono celular volvió a mostrar la foto de perfil del gobernador Gustavo Sáenz, quien lo mantenía bloqueado hace tres meses. Hasta ese instante, la comunicación entre el intendente y el mandatario provincial dependía de interlocutores grises y algún intermediario de poco peso político real, en un vínculo que parecía más propio de cancillerías enfrentadas.
Recordemos que todo comenzó con la repetida ausencia del jefe comunal en las últimas dos elecciones, un desplante que fue desgastando la confianza del gobernador hasta llevarla a un punto de ruptura total. Las relaciones se cortaron de manera tan estrepitosa que ni los saludos protocolares sobrevivieron, y el bloqueo en el teléfono fue el símbolo más moderno de esa grieta diminuta pero escandalosa.
Sin embargo, Emiliano Durand ejecutó una jugada magistral que sin ser una reconciliación definitiva lo acerca bastante al mandatario provincial, simplemente declaró en voz alta que intentará ser reelecto intendente. Ese anuncio despejó de un plumazo todas las dudas que carcomían al saencismo, cuyo temor principal era una candidatura de Durand a la gobernación si la Corte frenaba el intento reeleccionista de Sáenz. Muchos suponían que el intendente aprovecharía cualquier tropiezo judicial del gobernador para disputar el sillón mayor de la provincia, pero ahora esa hipótesis quedó guardada en el cajón de las pesadillas.
Descartada la amenaza de una competencia por la gobernación, los canales de diálogo volvieron a abrirse con una timidez casi conmovedora, aunque nadie habla todavía de una reconciliación definitiva. En ese tablero de acercamientos frágiles apareció la idea de la Feria de la Carne, un proyecto nacido en el riñón municipal que ahora se proyecta a toda la ciudad e incluso a toda la provincia. La posibilidad de expandir esta iniciativa permite que el intendente y el gobernador se muestren juntos en un trabajo común para paliar la pésima situación económica en la que ha caído Salta.
Resulta enternecedor ver cómo una feria de carne puede obrar el milagro de acercar a dos dirigentes distanciados, casi como si los cortes vacunos tuvieran propiedades diplomáticas insospechadas. Es evidente que el propósito de poner un pedazo de proteína animal al alcance de los vecinos al menos un par de veces por semana es noble, pero el timing político no puede ser más oportuno para las fotos de unidad.
No obstante, muchos allegados al jefe comunal no dejan de señalar una contradicción que raspa los oídos más sensibles del oficialismo municipal con un sarcasmo apenas disimulado. Organizar una feria para que la gente pueda comer carne barata mientras se respalda con entusiasmo al gobierno nacional que profundiza el ajuste resulta, como mínimo, un ejercicio de funambulismo discursivo. Este malabarismo pone al gobernador Sáenz en la incómoda posición de aplaudir una iniciativa de emergencia alimentaria mientras sus aliados libertarios levantan el índice para sermonear sobre el libre mercado.
Sin embargo, esas voces que zumban alrededor de Durand no dejan de ser un coro de fondo para un intendente que busca algo más terrenal y urgente, recomponer un vínculo que hasta hace quince días parecía no tener arreglo posible. En la política salteña los rencores duran poco cuando el menú de conveniencias mutuas está servido, y la foto del gobernador desbloqueada después de 3 meses es apenas el aperitivo de una nueva etapa. Durand manda señales, el gobernador las recibe con el pulgar arriba, y la feria de la carne se convierte en el primer mojón de una reconciliación cocinada a fuego lento pero con mucho humo.
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