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Opinión

El milagro de la sobreactuación: la caminata mediática de los «dipuperegrinos» en Salta

El precepto bíblico que sugería que la mano derecha ignorase la discreción de la izquierda quedó pulverizado ante la dogmática del smartphone. La fe ya no se profesa; se transmite en directo.

Diputados en peregrinación

(SALTA).- «Guárdate de hacer tus obras de justicia delante de los hombres para ser visto por ellos», advierte el Evangelio de Mateo con una severidad que la política moderna ha decidido archivar. En la liturgia de Salta, donde el poder siempre buscó la bendición del altar para disimular las carencias del palacio, la festividad del Señor y la Virgen del Milagro se transformó en la pasarela definitiva del exhibicionismo institucional. Hay una patología recurrente en la clase dirigente en tiempos de saturación digital: la sobreactuación. Un mal pandémico que sustituyó la ética del deber por la tiranía del engagement.

Este año asistimos a la emergencia de los «dipuperegrinos», un elenco legislativo que decidió despojarse del vestuario institucional para calzarse la indumentaria del peregrino profesional. Nada habría que objetar si la caminata perteneciera a la intimidad de la conciencia. El problema emerge cuando el sacrificio se cotiza en el mercado del marketing electoral. El ojo del ciudadano salteño, curtido en observar los pliegues del poder, detecta de inmediato la diferencia entre la devoción genuina y el pragmatismo de campaña.

El mapa de esta contrición mediática ofreció postales reveladoras. Un bloque territorial integrado por Fabio López (Molinos), Gerónimo Arjona (Los Andes), Ernesto Tapia (La Poma) y Oscar Chosco (Iruya) entendió la distancia geográfica como una métrica de exposición. En esa misma línea, Edgar Domínguez (Tartagal) se ocupó de validar su piedad en las plataformas digitales, mientras Héctor Raúl «Rulo» Vargas (San Carlos) convirtió su marcha en un folletín por entregas, informando tramo a tramo la evolución de su calvario.

La búsqueda de la escena perfecta alcanzó ribetes casi teatrales cuando la diputada Lela Marinaro (Rosario de la Frontera) irrumpió en la Catedral portando un clavel para el encuadre fotográfico, o cuando Miguel Plaza inmortalizó su heroico acople a las columnas que bajaban de Cachi. En el atrio, Guillermo Kripper prefirió la táctica del anfitrión campechano, repartiendo besos y abrazos a los exhaustos recién llegados. Carlos Jorge (Cerrillos) prefirió la estética del populismo directo: campera de Boca, ritmo tropical y abrazo demagógico para recibir a las delegaciones. Hasta el plano municipal aportó lo suyo con el concejal Rodrigo Quinteros, exponente de ese curioso laboratorio «libertario-sanecista», sumándose a la puesta en escena para no quedar fuera del reparto de bendiciones.

La escena desnuda el drama de una dirigencia que confunde el servicio público con el espectáculo y la representación política con la actuación. Cuando los representantes necesitan disfrazarse de peregrinos para hacerse perdonar la gestión, la fe deja de ser un refugio del espíritu para convertirse en la última guarida del demagogo.