SALTA.- El anuncio del retiro de Monseñor Mario Cargnello marca un punto de inflexión para Salta y la Iglesia. Tras un cuarto de siglo al frente del Arzobispado, su salida no se percibe como una transición natural por edad, sino como el epílogo de una gestión cuestionada que terminó arrastrando el prestigio de la institución hacia los tribunales penales.
Para muchos sectores de la sociedad salteña, su alejamiento no es una pérdida, sino un alivio: finalmente, la provincia se está salvando de una figura que se volvió sinónimo de impunidad y doble vara moral.
Un historial que impacta: Violencia y privilegios
La caída simbólica de Cargnello comenzó a gestarse cuando la justicia de Salta confirmó lo que durante años fue un secreto a voces: el maltrato sistemático hacia las mujeres dentro de la estructura eclesiástica. El caso de las monjas Carmelitas Descalzas del Convento San Bernardo fue el primer gran golpe. Las denuncias por violencia de género y psicológica contra el arzobispo revelaron un rostro autoritario que chocaba de frente con el mensaje de caridad que predicaba cada septiembre en la Fiesta del Milagro.
No fue un hecho aislado. La imagen del máximo jerarca de la Iglesia salteña siendo detenido en un control de tránsito con alcoholemia positiva y sin licencia de conducir, intentando, según los informes evitar la sanción, sorprendió y preocupó a una comunidad que exige ejemplaridad. Aquel episodio no solo fue una infracción vial; fue la metáfora perfecta de un hombre que se sentía por encima de las normas que rigen para el resto de los ciudadanos de Salta.
El silencio ante el horror y la complicidad política
El análisis político de su paso por el poder no puede obviar su rol en la trama de abusos sexuales que sacudió a la Iglesia local. Mientras las víctimas de curas abusadores clamaban por justicia, la figura de Cargnello fue acusada reiteradamente de proteger a los victimarios mediante traslados silenciosos y dilaciones procesales. Esta red de complicidades dejó una herida abierta en la fe de los salteños que difícilmente sanará mientras su estructura permanezca intacta.
En el plano político, Cargnello utilizó el púlpito como una herramienta de presión. Sus homilías frente a figuras del Gobierno nacional y provincial, desde Juan Manuel Urtubey hasta Gustavo Sáenz, solían ser piezas de una «rosca política» donde cuestionaba la pobreza y la corrupción ajena, mientras su propia administración se hundía en el oscurantismo.
Su salida de escena representa el fin de un modo de hacer política desde la fe, donde el arzobispo se sentía un actor con poder de veto sobre la vida pública de los salteños.
Cargnello y un cierre necesario: Salta se salva de la impunidad
La jubilación de Cargnello, quien ejerce el cargo desde 1999, es la oportunidad para que el Arzobispado de Salta inicie un proceso de limpieza profunda. La provincia ya no es la misma de hace tres décadas; es una sociedad que hoy rechaza el encubrimiento y exige que la Iglesia rinda cuentas ante la justicia ordinaria como cualquier otra organización.
La conclusión es ineludible: la permanencia de Mario Cargnello en el cargo era un lastre para la credibilidad de las instituciones en Salta. Su retiro definitivo es el primer paso para reconstruir una relación sana entre la fe y la ciudadanía, lejos de las frases polémicas, los privilegios de casta y los abusos de poder. Hoy, más que un adiós, Salta celebra la posibilidad de un futuro sin las sombras que este arzobispo proyectó sobre la provincia durante un cuarto de siglo. Nos estamos salvando de que la impunidad siga sentada en el trono del Arzobispado.
