SALTA.- (Por Diego Nofal) Corría diciembre del año pasado cuando Emiliano Durand recibió a Marwan Gill, una suerte de representante de los fieles islámicos en Argentina y Chile. Juntos inauguraron una placa hablando de paz, de concordia y de diálogo interreligioso, pero esto no es lo interesante, lo interesante es el momento político en el que Emiliano Durand decidió recibir esta visita y colocar la placa que luego fue cuestionada ampliamente por un sector político salteño.
En la época en la que La Libertad Avanza había iniciado una dura ofensiva contra cualquier cosa que estuviera relacionada con la religión islámica, para Emiliano, que en ese momento estaba a punto de ser bloqueado del teléfono por el gobernador de la provincia, fue no solo un movimiento de inclusión y diálogo religioso, sino también una clara señal política de que su límite a la hora de las alianzas era La Libertad Avanza.
Ahora, cuando los rumores hablan de la posibilidad de que Gustavo Sáenz sea candidato a gobernador justamente por La Libertad Avanza, el intendente capitalino decidió hacer otro acto inclusivo con un sector que el espacio ataca y desprecia permanentemente, como es el colectivo LGBT.
Los guiños a la inclusión en clave política
Hubo dos gestos claros del jefe comunal. El primero fue prestarle a la comunidad un lugar perteneciente al municipio para la realización de la elección de Drag Queen provincial que competirá en la provincia de Tucumán por el título nacional. La invitación no solo incluyó el préstamo de un predio municipal, sino que además la fiesta continuó hasta después del partido de la selección nacional.
Pero el hito del apoyo de Emiliano Durand al colectivo LGBT llegó ayer en la marcha del orgullo gay. Cuando llegaron las columnas al lugar donde debía realizarse el acto principal las luces estaban apagadas, empezaron a corear insultos contra el intendente. Unos minutos después, no solo se encendieron las luces, sino que aparecieron en primer plano dos carteles de la municipalidad de Salta mostrando el claro apoyo del municipio a la realización del evento.
Esto tampoco constituye, si hilamos fino, un apoyo a una comunidad bastante importante que tiene presencia en Salta, sino también es una clara señal política a un año de las elecciones. El límite para el jefe comunal es un acuerdo con La Libertad avanza, está claro que las señales del intendente no son directas, pero son bastante claras a la hora de marcar con quiénes se junta en una lista política y con quiénes no.
El intendente parece haber encontrado un manual de supervivencia política bastante peculiar, donde recibir a líderes islámicos y patrocinar reinas drag se convierte en el equivalente a declarar una postura de oposición firme y radical. Todo sin necesidad de pronunciar una sola palabra que pueda comprometerlo en una entrevista con los medios locales, es un arte sutil que muchos políticos envidiarían y que pocos logran ejecutar con tanta precisión quirúrgica.
Mientras el gobernador coquetea con el espacio nacional más hostil a las minorías, Durand se erige como el abanderado de la tolerancia y el respeto, aunque sea solo por unas horas y con la iluminación municipal perfectamente calculada para que todos vean el logo de su gestión, la jugada es tan transparente como efectiva y deja a los ciudadanos preguntándose si estamos ante un nuevo líder inclusivo o ante un estratega electoral que usa las causas sociales como fichas de ajedrez en su tablero personal.
La pregunta que surge, y que seguramente resonará en las próximas semanas, es si el electorado salteño comprará esta narrativa de un político que abraza al diferente según la conveniencia del calendario electoral. O si, por el contrario, percibirá la maniobra como lo que realmente parece ser un mensaje político disfrazado de inclusión, con una dosis de sarcasmo y bastante oportunismo que huele a campaña anticipada más que a convicción genuina.
Salta ya está en condiciones, hace muchos años, de dar un debate serio sobre estos temas, sin luces que se encienden mágicamente ni placas que se inauguran para marcar territorio frente al rival político. La inclusión real no se negocia ni se usa como moneda de cambio para demostrar quién es el más progre en la vereda de enfrente. El tiempo, ese juez implacable, terminará poniendo a cada uno en su lugar, aunque sea con la misma frialdad con la que se apagan los reflectores al final de una fiesta que duró lo que un partido de fútbol.