(SALTA).- Por Diego Nofal – La senadora Flavia Royón ha logrado algo que pocos políticos consiguen, que es estar en dos veredas opuestas al mismo tiempo sin que le importe la contradicción. Por un lado, defiende los mercados de carbono como una herramienta para financiar el desarrollo sostenible y reducir las emisiones de gases de efecto invernadero.
Por el otro lado, fue la principal impulsora de la reforma de la Ley de Glaciares que abre la puerta a la minería en zonas que antes estaban protegidas. “Los mercados de carbono pueden ser una oportunidad concreta para lograr financiamiento para proyectos que redunden en beneficio de la sociedad”, sostuvo Royón en el Senado con una seguridad que desarma a sus críticos.
Lo que la senadora no dice es que esos mismos proyectos de “beneficio social” muchas veces terminan siendo emprendimientos mineros que extraen recursos sin dejar nada a cambio. La doble militancia de Royón es tan evidente que hasta sus propios compañeros de bloque deben preguntarse de qué lado está realmente.
El abogado ambientalista Enrique Viale denunció a Royón por presunto conflicto de intereses, señalando que la senadora votó a favor de la reforma de glaciares pese a tener una consultora que asesora a empresas mineras.
“Royón estuvo haciendo un lobby extraordinario para modificar la Ley de Glaciares”, sentenció Viale, y agregó que la reforma aumenta la vida útil de emprendimientos que hoy están prohibidos por estar en zona periglacial.
La senadora, por su parte, defendió el proyecto asegurando que “no se habilitan actividades en zona de reserva hídrica” y que la iniciativa busca eliminar ambigüedades técnicas en el concepto de ambiente periglaciar. Pero los ambientalistas no se tragan ese argumento, y señalan que la reforma fue diseñada específicamente para beneficiar a las grandes transnacionales mineras.
Royón integró comisiones clave de Minería y Energía mientras promovía esta reforma, lo que refuerza las sospechas de que su compromiso con el ambiente es tan sólido como un castillo de naipes.
Royón votó a favor del RIGI, el régimen de incentivos para grandes inversiones que facilita la instalación de proyectos mineros en todo el país. Defendió esa herramienta como necesaria para el desarrollo de la minería, argumentando que proyectos de cobre, litio e hidrógeno no son viables sin ese régimen. Al mismo tiempo, promueve en el Senado un proyecto de ley para regular el mercado de carbono, creando el Registro Nacional de Reducción de Emisiones y estableciendo un marco jurídico para la comercialización de créditos.
La contradicción es tan evidente que parece un chiste de mal gusto, pero nadie se ríe en la puna salteña. El proyecto Taca Taca, que Royón promovió activamente cuando fue secretaria de Minería, es un ejemplo perfecto de esta lógica esquizofrénica.
La minera necesita agua para explotar el cobre, y esa agua solo puede venir de los glaciares o de un acueducto de más de 70 kilómetros. Royón sabe que su proyecto de carbono no va a detener esa explotación, pero igual lo defiende como si fuera la solución a todos los males ambientales.
Argentina tiene un potencial enorme en materia de carbono, con proyectos de agricultura regenerativa, biochar y deforestación evitada que podrían generar ingresos significativos. Pero ese potencial se desvanece cuando se permite que las mineras avancen sobre los glaciares y destruyan los ecosistemas que precisamente capturan carbono.
Lo que la senadora Royón no parece entender
La senadora Royón parece no entender que no se puede cuidar el clima mientras se entregan los glaciares a las empresas extractivas. O quizás lo entiende perfectamente, pero prefiere no verlo porque el negocio del carbono y el negocio de la minería son igualmente rentables para ella.
Los salteños deberían preguntarse si quieren una senadora que defiende el ambiente solo cuando conviene, o si merecen alguien que realmente ponga los intereses de la provincia por encima de los de las corporaciones.
Mientras tanto, Royón seguirá navegando entre dos aguas, convencida de que la coherencia es un lujo que no puede permitirse en tiempos de crisis. El tiempo dirá si los glaciares perdonan esta hipocresía, pero los salteños no deberían esperar sentados a que ocurra el milagro.