(SALTA).- (Por Diego Nofal) El gobernador Gustavo Sáenz suele quejarse con vehemencia de la falta de oportunidades y de la discriminación que sufren los salteños del interior, pero parece no advertir la más cruel de las injusticias que se cometen a diario dentro de las propias aulas. Mientras su gobierno asegura combatir el bullying y promueve leyes para erradicar la violencia, la fiesta de la elección de la reina estudiantil sigue intacta como un ritual sagrado que nadie se atreve a tocar, un concurso de popularidad que disfraza de tradición lo que en realidad es una práctica discriminatoria y retrógrada.
La provincia de Salta cuenta con una ley contra el acoso escolar, pero esta norma no detalla cómo actuar ante los certámenes de belleza que, en los hechos, fomentan la competencia entre las propias compañeras y exponen a las adolescentes a un escrutinio público despiadado. El año pasado, el INADI Salta calificó a esta práctica como racista, clasista y machista, y sin embargo el gobierno provincial solo atina a decir que no las promociona, dejando la decisión final en manos de cada municipio y de cada escuela.
Esta tibieza resulta imperdonable cuando vemos lo que ocurre en localidades como Joaquín V. González, donde tres instituciones educativas decidieron dejar de participar en la elección de embajadoras a partir de 2027 tras episodios de hostigamiento y discriminación. En Coronel Mollinedo, una niña de 17 años tuvo que salir a contestar públicamente las terribles críticas que había recibido desde el anonimato en las redes sociales, un ciberacoso que incluyó expresiones discriminatorias y racistas dirigidas hacia su persona.
¿Acaso el gobernador espera que ocurra una tragedia de mayores dimensiones para recién entonces mover un dedo y firmar un decreto prohibitivo, como el que ya anunció para otras cuestiones educativas que sí le generan ruido político? El argumento de que es una cuestión cultural no sostiene ni un minuto de análisis serio, porque la cultura no es estática ni está por encima de la integridad física y psicológica de los jóvenes salteños. Si Sáenz tuvo el coraje para reclamar igualdad de oportunidades para los chicos del interior, debería tener el mismo coraje para decir basta a esta farsa que solo premia la belleza y la popularidad, y castiga a quienes no encajan en ese molde.
Debo ser sincero, en mi secundario me divertí mucho y participé de esas bromas que hoy, con la distancia, reconozco como agresiones continuadas que hicieron daño a personas que hoy llamo amigos. Pero en aquella época no existían los medios digitales para burlarnos, y la crueldad era cara a cara, sin el plus del anonimato que hoy permite que cualquier persona destruya la reputación de una adolescente con un solo clic. Las redes sociales se han convertido en un ring de boxeo donde las candidatas reciben golpes bajos a diario, y la escuela mira para otro lado.
Es momento de que el gobernador Gustavo Sáenz, si realmente quiere ser disruptivo como tantas veces pregona en los medios, demuestre que su discurso contra la discriminación no es solo una poses para la campaña electoral. Más de 40 ciudades argentinas ya eliminaron la elección de reinas, y Salta no puede seguir siendo la excepción que confirma la regla del atraso y la indiferencia. La pregunta, entonces, ya no es si se debe prohibir, sino cuándo y por qué un gobernante que dice preocuparse por la educación sigue permitiendo que esta aberración se siga celebrando en las escuelas de su provincia.