(Por José de Álzaga).- Amigo Lector: el sol de octubre apenas empezaba a dorar San Isidro cuando subí al palomar de la casona, una torre de cedro que mi abuelo hizo traer de Amberes y que todavía corona los tejados de pizarra. Allí aguardaban treinta y dos mensajeras de sangre belga, cada una con su anillo numerado y un árbol genealógico más ilustre que el de la mitad de los socios del Jockey Club, a las que entreno con paciencia monacal para la próxima gran suelta internacional de Barcelona, donde pienso humillar de una buena vez a los criadores flamencos. La reina de la bandada es Eugenia de Montijo -una mensajera gris perla, de pecho tornasolado y ojo color ámbar- que el verano pasado volvió desde Mar del Plata en cinco horas y cuarenta minutos, sin escalas ni excusas. El mayordomo le sostenía la jaula con el cuidado de quien transporta un huevo de Fabergé, y yo estaba por soltarla cuando sonó el teléfono.
Era una amiga diputada de Jujuy, a la que conocí -debo admitirlo, con más curiosidad que prudencia- en una degustación de vinos de altura en Tilcara. Mujer de cuarenta y tantos años, pómulos altos de princesa colla, melena negra que le cae como un poncho de vicuña sobre los hombros, y una boca que pronuncia “interpelación” como otras pronuncian “champagne”. Me llamaba por videollamada desde un cuarto intermedio, y confieso que las primeras frases se me perdieron en el escote discreto de su blusa de seda y en el modo en que cruzaba las piernas sobre la banca. Un caballero de mi edad ya no persigue a las mujeres: las contempla, que es una forma más refinada y menos fatigosa del pecado.
“Interpelaron a Federico Posadas”, repitió, al ver que yo no reaccionaba. Le ordené al mayordomo que subiera de inmediato la poltrona Chesterfield de la biblioteca: hay noticias que un caballero no recibe de pie, y menos en un palomar. Hacía más de veinte años que la Legislatura jujeña no sentaba a un ministro frente a sus bancas, y para estrenar la costumbre eligieron a ese peregrino del domicilio que conduce Cultura y Turismo. Para quien no lo trate, se trata de un sanjuanino que fue ministro en Salta, juró como ministro en Jujuy y hoy se proclama jujeño por adopción, con el fervor de los conversos que rezan el credo más fuerte que el párroco. “El jujeño nace donde quiere”, sentenció en el recinto. Yo, que nací en una sola cuna y con una sola partida de bautismo, lo envidié como se envidia a esos viajeros que tienen pasaporte de varios países y ninguna patria.
Mis palomas -le expliqué a mi amiga mientras Eugenia de Montijo se perdía sobre los tilos- tienen una sola virtud que justifica tanto alpiste importado: saben volver a casa. Un palomo que duda entre dos palomares no es mensajero, es un vagabundo con plumas, y en el ambiente colombófilo lo descartan antes de la primera suelta. Posadas, en cambio, cuando un diputado le preguntó dónde vivía en 2017 -año en que fue candidato en Salta y juró como ministro en Jujuy- respondió con la serenidad de un agrimensor distraído que tenía una casa allá y un departamento acá, que iba y venía. La ubicuidad, que en los santos se llama milagro, en los funcionarios suele terminar con una causa judicial.
Lo que el ministro no mezquina es la palabra, y menos aún la sonrisa. Cada pregunta le servía de trampolín para un sermón de pernoctes, aerolíneas, bodegas y el nuevo lujo de desconectarse -predicado, claro está, por un hombre incapaz de soltar el micrófono-. Todo lo adornaba con una mueca burlona, perpetua, de comisura torcida, que logró lo imposible: hartar por igual a peronistas, radicales, libertarios y trotskistas. Un diputado, con las coronarias en estado de asamblea, le exigió que contestara lo que le preguntaban. Este fatuo de antesala, petimetre de la estadística, respondió con una lección sobre la “faz agonal” y la “faz arquitectónica” de la política, dictada a quienes habían venido a juzgarlo. Luego declaró que era un honor ser el primer interpelado en un cuarto de siglo. Vanitas vanitatum, decía el Eclesiastés -para el vulgo: no hay mayor ridículo que el del soberbio que se aplaude a sí mismo mientras lo envían a la Fiscalía-.
Debo admitir que, cuando un diputado leyó su declaración jurada, sentí por él una inesperada solidaridad de clase. Aparecían predios salteños con valor de adquisición cero, y el ministro explicó que eran herencias de su padre y de su madre. Nada me resulta más familiar: también mis campos me costaron cero, porque el esfuerzo lo hizo un bisabuelo con bigotes de general. La diferencia es que yo no soy ministro, y nadie me exige explicar en una Legislatura por qué la casa de Yala -fruto de una permuta- figura por menos que la camioneta.
Pero el momento sublime, el que justifica la existencia de la taquigrafía, llegó cuando le preguntaron por su esposa. Primero lo negó con la indignación de un caballero ofendido en su honra conyugal. Horas más tarde, el mismo hombre que recordaba con exactitud de relojero suizo que los fans de La Renga pernoctaron 3,36 noches admitió que su mujer tal vez fue contratada en 2020 por otro ministerio, y lo explicó con una frase digna de una novela de Proust: “Es posible, porque tengo poca memoria”. ¡Vos, Posadas, que medís los pernoctes con decimales y olvidás los contratos de tu propia alcoba! ¡No digáis que no os advertí!
Al día siguiente leí los diarios jujeños como quien lee el parte meteorológico de un país en guerra. Algunos titularon, con la discreción de un mayordomo inglés, que la Legislatura había interpelado al ministro “sobre su gestión”, como quien anuncia que la reina salió a pasear los perros. Otros, menos educados en el arte de la reverencia, hablaron de una acusación que sacudió el recinto y de alguien que mentía. La verdad prosaica es que los diputados votaron girar la versión taquigráfica a la Fiscalía. Eso no es una condena, pero tampoco es una postal de la Quebrada. Mi amiga me contó que, en la despedida, Posadas avisó que “a Salta ya no puedo volver”, con el orgullo de quien quema las naves sin advertir que se queda en la playa a merced de los nativos.
A la tarde, Eugenia de Montijo regresó a su palomar, puntual, sin inflar cifras ni invocar residencias alternativas, y la premié con un puñado de cañamón. Luego me retiré a la biblioteca y descorché un Vega Sicilia Único cosecha 1968 de mil cuatrocientos dólares, comprado en una subasta de Christie’s en Londres. Mientras sonaban las Variaciones Goldberg de Bach, en el piano de Glenn Gould, bajé del estante las cartas que Séneca le escribió a su amigo Lucilio, y encontré la frase que parece dedicada a todo funcionario que pretende vivir en dos provincias a la vez: “Nusquam est qui ubique est”. Para el vulgo: quien está en todas partes no está en ninguna.
Hasta la próxima.-
José De Álzaga
Josedealzaga@elintransigente.com
Nació el 25 de mayo de 1955. Egresó con el Título de Licenciado en Historia de la Universidad de El Salvador. Cursó luego la Licenciatura en Filosofía en la Universidad de Navarra, España. Ejerció la docencia en prestigiosos colegios de la Ciudad de Buenos Aires. Posee títulos de posgrado otorgados por la Universidad de Boston. Actualmente, está dedicado a la investigación del impacto social de las ideas posmodernas en la Cultura Occidental.