SALTA-POR ERNESTO BISCEGLIA.– En el Día Nacional del Gaucho, no sólo convienen los homenajes al hombre y a la mujer que representan el arquetipo más puro del Ser argentino, sino también, poner en valor la presencia, la vida y la potencialidad que tiene ese sector de la comunidad como actores sociales. El Gaucho no es el hombre o la mujer que se visten con sus atavíos de gala y desfilan en ornados caballos el 17 de Junio o en las fiestas patronales, sino que constituyen el último ejemplo de un modo de vida donde todavía permanecen inconmovibles los valores espirituales, sociales y patrióticos que los argentinos hemos ido perdiendo.
La sociedad moderna tiene -o mantiene- en un estadio de consideración inferior al Gaucho, parte quizás de esa «tradición» de origen terrateniente como fue la que formó a este país donde el trabajador rural, el peón, estuvo siempre desmerecido, tratado más bien como un bien de uso que como un ser humano.
Con posterioridad a la Independencia, esa forma particular de gestionar la riqueza del suelo por parte de las familias patricias dio forma al particular régimen clientelar del peón de campo. Quizás su modo de vida pseudo nómada contribuyó a que el gaucho fuera tratado de esa manera.
Esta situación se notó más en la mujer, ya aborigen y «domesticada», como dirían, ya mestiza, a la que denominó de distintas maneras, la más común, «la china», una derivación del quechua que significaba «muchacha» y por extensión «hembra». Según las latitudes tuvo otras denominaciones como «paisana», «guaina» (en el norte litoraleño), «gaucha» y «prenda».
La incorporación al lenguaje de la denominación «gaucho» se comienza a utilizar en forma habitual en las últimas décadas del siglo XVIII, para denominar a ese tipo rural caracterizado por su independencia y rebeldía. Es el criollo en su sentido más puro, libre como ninguno, rebelde a la rutina social y al sistema de trabajo impuesto por las autoridades, que en los hechos era una lisa y llana explotación.

Esta forma tan particular de ser del gaucho dio nacimiento al género de la literatura gauchesca, cuyo eje temático principal era la denuncia de la injusticia social, plasmado en la obra cumbre de José Hernández, «El gaucho Martín Fierro» (1872) y «La vuelta de Martín Fierro» (1879).
En los documentos oficiales se encuentra que la palabra «gaucho» es utilizada por primera vez en 1771 para referirse a «ciertos malhechores», según consta en una comunicación del comandante de Maldonado, Pablo Carbonell, dirigida al virrey Juan José Vèrtiz, fechada el 23 de octubre de ese año.
En su libro, «El gaucho indómito: de Martín Fierro a Perón, el emblema imposible de una nación desgarrada», Ezequiel Adamovsky, se pregunta cómo es posible que un sujeto pendenciero, antisocial, forajido e indómito, resulte en el emblema nacional de la Nación Argentina. Pero quizás podría decirse que forma parte de las tantas paradojas que constituyen nuestro Ser nacional.
Pero tiene sus razones, la primera, el haber sido el gaucho el primer crítico de la explotación de los poderosos, el que denunciaba la connivencia entre los funcionarios y la justicia y el que buscaba a su modo el reconocimiento social como parte integrante de esa primaria sociedad argentina.
La figura del General Güemes y sus políticas de inclusión, equidad e igualdad ante la ley
Decíamos paradojas, y en Salta, se produce la primera y más notable, que resulta que aquel gaucho, fiero al trato social, esquivo, semi civilizado incluso, se convertirá en el primer patriota argentino genuino, algo que la ilustrada clase «revolucionaria» de Buenos Aires no había logrado ni logró nunca.
En Salta, el General Martín Miguel de Güemes, logró convertir a esa muchedumbre bárbara en un ejército informal organizado, les dio carácter de ciudadanos y los incluyó bajo una normativa legal novedosa, el «Fuero Gaucho». Pero lo más importante e inédito en este país, logró que esa clase social marginada y explotada, adquiriera como patrimonio espiritual e intelectual el concepto de PATRIA. Esos hombres, mujeres y niños, pagaron el tributo más oneroso por convertirse en ciudadanos, pagaron con su sangre y en esa organización social tan particular, Güemes selló la incorporación de esos desplazados a la vida ciudadana y municipal, un legado que todavía hoy late vigente en todos los pueblos de la provincia.
El Gaucho y el Municipio
Al vagabundear por los pueblos de Salta se puede comprobar de qué manera el gauchaje está presente. Silente tal vez, todavía cohibido y dedicado a los trabajos que le dan sostén al tejido social municipal, están esos descendientes de aquellos Gauchos que formaron en las montoneras que le dieron sello de Patria, no sólo al suelo argentino sino sudamericano.
Son los que realizan los trabajos más humildes. Se los halla en los surcos arrancándole todavía la riqueza al suelo, en las granjas y en las fincas donde transforman los recursos de la Naturaleza en productos de consumo diario. En los talleres solitarios donde esas manos rugosas labran la plata que lucen «las clases más altas», hilan todavía con el huso la lana de ponchos y mantas que abrigan, y realizan exquisitas obras de arte en cotizados tapices.
Son los que arreglan los desperfectos de las casas, los que barren las calles y transportan a los vecinos. Los que venden en el clásico «almacén de la esquina», los que elaboran los quesos y dulces famosos, hacen la vendimia y en bodegas artesanales acunan los vinos más sabrosos.
Allá están los otros, desfogando sus aptitudes criolles en la doma, en la pialada, en la marcada, en la faena de los animales que hacen posible el asado de los amigos.
Pero, sobre todo, son la última reserva cultural que tienen los argentinos, porque en esos gauchos, hombres y mujeres, se encuentra la vivencia de los valores perennes del criollo fundacional. La mano franca que sella el acuerdo más honorable y el pacto de fidelidad entre parejas que vale mucho más que una libreta o un cura.
No son los que se disfrazan sino los que se visten con su traje de gala y no se encuentra actitud más emocionante que escucharlos decir con convicción: «¡Pa homenajear a nuestro General!» en cada 17 de Junio. Son los que acompañan a sus santos patronos y los Caballeros de la Virgen en la devoción mayor de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro.
El Gaucho como factor del desarrollo municipal
En días tan críticos para el país, donde las grietas -porque no es sólo una- amenazan con la disolución social, el municipio se convierte en la base de la reconstrucción de la democracia. Pero aún allí nada es seguro porque la calidad de algunos intendentes está lejana, muy lejana, a la del estadista.
Si el municipio es la última garantía política para los argentinos, el Gauchaje en los municipios es la última garantía social de volver a elaborar un discurso nacional y legítimo, honorable y patriótico.
Lamentablemente, el Gaucho en los municipios sigue tan olvidado como en aquellos años, abandonado de toda educación elemental, en los oficios; de una organización que ponga en valor los productos que salen de sus manos. Olvidados como ese ejemplo de honorabilidad y de argentinidad que tanto necesitamos hoy.
Saludamos, pues, con el abrazo profundo y agradecido a cada Gaucho salteño, centinelas anónimos y humildes de un concepto de Patria que se extingue, diciendo que, mientras haya Gauchos alertas, esa Patria tiene una oportunidad.
Porque así como «La Patria se hizo a caballo», a caballo hemos de recuperarla.