SALTA – (Por Matilde Serra) – Un recorrido por los pasillos del Centro Cívico Grand Bourg, alguna vez la Casa de Gobierno de Salta, deja ver la desolación existente. Un lacerante espectáculo donde se contraponen la presencia de los empleados con la nada por hacer. Es una realidad existencial que expone la misera política de quien conduce. Es el estar sin el hacer, la divergencia entre esa necesidad de ganar un sueldo que convive con la pérdida de la dignidad que representa cobrar a fin de mes sin haber producido nada.
La nada, siempre es la nada. Nada por hacer, nada por resolver. Nada por gobernar. En alguna época pasada, el cuadro que representa la nada en el edificio gubernamental hubiera hecho las delicias de Jean-Paul Sartre, aquel existencialista francés, que exploró extensamente el concepto de la nada y sentenció: «La nada penetra en el ser por todas partes como un gusano.»
La nada laboral, la nada política es como un desaparecido: “No está, no existe… está desaparecido”. Nadie conoce su paradero porque tampoco nadie sabe dónde está el que debe hacer aparecer el trabajo, el orden, la política. Salta es eso, un buque al garete, una carcaza de cemento que alberga cientos de empleados que compiten por ver quién logra hacer algo, aunque sea para entretenerse.
La política ya no marca tarjeta
Esa autodefinición de gobierno peronista con que se autoperciben en Grand Bourg, es nada más que un rótulo que justifica el modo en que la pandilla logra seguir manteniéndose en el poder con el voto de una gran, una inmensa mayoría que no comprende, precisamente, nada.
Pero que todavía cree que un día volverá el estado del bienestar prometido por Perón y Evita, de quienes tampoco saben: nada.
En efecto, la nada es el mejor negocio político del momento y a tono con un mundo que ha globalizado la nada y camina con los valores invertidos, aquellos postulados peronistas con que la masa se ilusiona, también han sido dado vueltas. Lo increíble de todo este momento social es comprobar de qué manera la gente continúa votando nada, sabiendo que tampoco recibirá nada. Tal vez, alguna ayuda del sistema electrónico de votar hile algunos números a favor de candidatos que no tienen nada que ofrecer, sencillamente porque son nadie.
En ese mundo peronista invertido que decía que los únicos privilegiados son los ancianos y los niños, en Salta, encuentra ancianos abandonados y con uno de los índices más altos del país de mortalidad infantil.
Ese peronismo que hablaba de que “es esencial que el pueblo tenga acceso a la educación, ya que sin educación no hay verdadera democracia», encuentra a una docencia vulgarizada, privada de capacitación, con la carrera docente desjerarquizada y una Junta de Calificación que no respeta el puntaje y sigue otorgando cargo a dedo. Con manifiestos inoperantes a cargo de la cartera educativa que no sólo no han sido capaces de poner o mantener en pie y en condiciones operativas confortables los establecimientos, sino que en una muestra de la desidia oficial, ha hecho perder para Salta un patrimonio arquitectónico valioso como fue el edificio que albergó a la Escuela de Menores y Adultas, abandonada hasta el punto de ser demolida.
Ese peronismo que predicaba que «La salud es un derecho social básico que debe ser garantizado por el Estado.», hoy encuentra en Salta hospitales públicos desguazados, sin insumos y con un Hospital Materno Infantil que se edificó para ser orgullo del norte, donde los pacientes esperan a la intemperie y demoran horas en ser atendidos dentro. Los bancos destruidos y con amenaza de calamidad en la construcción.
Lo único que parece funcionar -curiosamente- es la obra pública. Y eso sí se defiende. El famoso “Pacto de Güemes” no contiene ninguna cláusula que defienda estos principios peronistas, sino las obras, las obras públicas, que vaya casualidad siempre resultan la caja más importante. Donde un tornillo puede llegar a cotizar al mismo precio de una hormigonera.
El gobernador ha firmado un “Pacto de Mayo” donde, Gustavo Sáenz, que encima fue noticia nacional por quedarse dormido durante el discurso del presidente, Javier Milei, ese pacto, no ha sido otra cosa que un mandato presidencial donde los gobernadores que tanto parlotearon sobre el federalismo firmaron mansamente los diez puntos que al presidente se le antojó. Para colmo, el gobernador, Sáenz, ferviente defensor de la figura del General Güemes, lució su poncho con los flecos para adentro, que un miembro de la comisión de la Agrupación Gauchos de Güemes se atrevió a decir “Este es un gaucho de pacotilla”.
Entonces, una cosa es ser opositor, como el gobierno tilda a quien osa decir la verdad, y otra muy distinta es hacer todo mal. O peor aún: no hacer nada.
Esto ocurre cuando los cerebros que comandan -o debieran comandar- al Ejecutivo provincial, donde se cuentan ministros y asesores supuestamente calificados, precisamente, no califican, no planifican, menos ejecutan, claro, para ejecutar hay que tener algo proyectado. Es imposible hacer sobre la nada.
De hecho, uno de los primeros principios de los filósofos antiguos sentenciaba que “de la nada, nada surge”. Mal puede entonces esperarse algo novedoso, algo esperanzador para un pueblo que ya no espera de su gobierno, nada.
Esto es un dato que surge desde los mismos dirigentes del último estrato social, de aquellos que convienen con los ciudadanos de a pie, que se manifiestan cada vez con el tono de voz más alto diciéndole a los funcionarios que visitan el interior que “la cosa vienen mal”. Que si no se cambian las políticas “los amarillos el año que vienen nos pasan por encima”. Y uno de esos importantes dirigentes que visita Las Costas y los pasillos del Grand Bourg, ha dicho en estos días, justamente que: “Si Gustavo (Sáenz) no cambia el gabinete y ofrece gente nueva como candidatos, el año que viene, no va a quedar nada” (SIC).
Cualquier salteño con algo de tiempo y “sin nada por hacer”, que desee comprobar esta lamentable realidad, no tendrá más que situarse en Grand Bourg a primera hora de la mañana y comprobará que el personal que ingresa a las ocho, marca tarjeta, va hasta su escritorio y retorna a los pasillos munido con su taza o termo en busca del agua caliente. Luego sigue la ceremonia de comprar el pan y volver a sus asientos a desayunar.
Para las nueve de la mañana, algunas pantallas comienzan a cobrar vida, mientras el cotilleo genera el murmullo propio de los comentarios ácidos sobre parientes, funcionarios y las privilegiadas que llegan a las once en sus camionetas de alta gama.
Orden y disciplina
Se comenta en el entorno gubernamental que tras el “tate quieto” de Nicolás Demitrópulos a todos porque nadie comenta ni comparte los posteos del gobernador, hay una verdadera caza de brujas de jefes de departamentos revisando que los tildes aparezcan en las publicaciones.
Mientras esas cosas ocurren, esa maquinaria estatal que consume ingentes recursos públicos está detenida, cientos de ciudadanos que debieran aportar su trabajo al funcionamiento de una administración pública ordenada y eficaz, están todos, debido a la ausencia de conducción haciendo lo del aquel viejo chiste popular: ¿Qué hace el pez? Nada.–