SALTA (Por Matilde Serra) – La historia se repite desde hace centurias, convertida en un rito que podría asemejarse a la rueda donde giran los hamsters que piensan que avanzan pero pasa la rueda y están en el mismo lugar, incluso más cansados.
Esta metáfora puede aplicarse al fenómeno del Milagro en Salta, no por la Fiesta en sí misma que revela el candor y la fe pura de cientos de miles de salteños que esperan con una suerte de ansiedad reveladora la llegada de lo que se llama “El tiempo del Milagro”. Basta mirar esos ojos profundos, admirados con las luces de la Capital, que llegan caminando desde lugares donde muchos jamás pisarán, donde para el ciudadano capitalino y sus gobernantes pareciera que no habita nadie y sin embargo, allí también hay argentinos que votan y mantienen viva la fe de sus ancestros.
Así es el Milagro de Salta, una Fiesta que transforma a la provincia de Salta, particularmente a su Capital. Es una fecha marcada por una explosión de fe, devoción y, sobre todo, de un profundo espíritu solidario que motiva a la gente a unirse en un gesto colectivo, abandonando por unos días el individualismo que domina la vida diaria. La colecta, el acompañamiento, el campamento para recibir a los viajeros de a pie; todo el engranaje de la solidaridad se pone en movimiento haciendo brotar un ansia contenido de “dar al otro”. Particularmente si lo que van a dar, es de otro.
Es setiembre, el mes más floral y florido del año, donde hasta el aire mismo pareciera impregnarse de una especie de compasión compartida, donde la pobreza y las necesidades del otro no pasan desapercibidas. Porque “Todos somos tuyos” y tus pesares son también nuestros, es una idea que parece apoderarse del imaginario colectivo.
Hasta que llega el día máximo, cuando la Procesión portando las Imágenes de los Santos Patronos recrea la inveterada costumbre de congregarse en torno al Cristo o a la Madre; todos atraídos por un impulso personal, íntimo, como las penas por las que van a pedir o las alegrías por las que agradecen. Es un momento de clímax, en algunos casos hasta de éxtasis pródigo en bendiciones que derraman esas Imágenes cuando pasan por delante de los que “van a cumplir”, a ver pasar el espectáculo medieval del rito colectivo.
El 15 de setiembre reúne a las horas más solidarias del año en un escenario ganado por la presencia de los peregrinos que le aportan cada vez más caudal a la estadística del “cuantum” suma cada año esa concentración religiosa. Todos unidos, sintiendo que la ayuda y el consuelo mutuo son un mandato sagrado. Las manos se entrelazan, el alimento se comparte, y el sufrimiento ajeno se convierte por un momento en el sufrimiento de todos. Ese acto de fe comunitaria, de reconocimiento del prójimo, parece indicar que lo mejor del ser humano aflora en estas fechas.
Sin embargo, al concluir las festividades y regresar a la rutina, la realidad cotidiana emerge con una crudeza impactante. Esa sociedad que por un instante pareció cohesionada, pronto vuelve a ser víctima del egoísmo, el materialismo y la indiferencia.
El tráfico se vuelve caótico y nadie cede el paso. Los pedidos de ayuda que en la Procesión generaban una respuesta solidaria, ahora encuentran miradas que se apartan, oídos que se cierran. La fiesta que despertó tanta generosidad deja una paradoja amarga: ¿cómo es posible que el mismo pueblo que se une bajo una misma fe en el Milagro, caiga nuevamente en el individualismo apenas terminan los rituales?
La respuesta, quizás, esté en la superficialidad con la que se viven esos días de devoción. Muchas veces, los gestos solidarios durante la Fiesta del Milagro parecen más un acto ritual que un cambio de conciencia real. El fervor religioso, aunque auténtico en su emotividad, no logra arraigarse lo suficiente como para modificar las estructuras sociales y las actitudes que sostienen la desigualdad, la mezquindad y el desinterés por el otro.
Este fenómeno no es exclusivo de Salta ni de la Fiesta del Milagro, sino un reflejo de una tendencia humana más amplia: la búsqueda de momentos de redención que no logran impactar en lo cotidiano. Salta, durante el Milagro, parece vivir un espejismo de solidaridad, pero el peso de las tensiones diarias, de la lucha por la subsistencia y del sálvese quien pueda, es demasiado fuerte como para que esos días transformen la vida de forma duradera.
Salta, ese hospicio donde languidece agónica la esperanza
El Milagro se convierte así en la gran paradoja de Salta, donde todo un pueblo, sobre todo los más humildes se confortan con el contacto con la Imagen, y las elites políticas, que durante estas pocas horas que les demanda parecer cristianos y humanos, acuden al Templo mayor con gesto adusto y sonrisa fácil, practicando el palmeo que se practica en el lomo del asno para tranquilizarlo. Son momentos en que la desvergüenza pierde la condición del disimulo y la paradoja es que lo que todos piensan que es real, en verdad es una mentira.
Mientras la elite gobernante ronda la Catedral, todo el sistema se mantiene en vilo. Basta levantar la mirada para hallar una ambulancia presta a socorrer desde la lipotimia hasta el paro cardíaco. En los alrededores del centro de gravedad de la festividad mayor se arremolinan las carpas desde donde avispados enfermeros, médicos y hasta podólogos, se hallan en eléctrica disposición a socorrer la presión emotiva disparada o el juanete malherido que baja de la Puna.
Hasta las urgencias biológicas más primarias hallan consuelo en la cantidad de baños públicos dispuestos, casi como una alegoría mefistofélica, bajo el balcón del señor arzobispo de Salta. Desde el día siguiente a la Procesión, cualquier que precisare evacuar alguna necesidad no hallará más que la generosidad de un árbol o un rincón clandestino, caso contrario, su aflicción se transformará en una micción imposible.
El agua generosa que todos están dispuestos a dar al caminante o al promesante, que fluye envasada sin control desde los “pack” que la liberalidad de algún empresario que desea lavar culpas, se termina y como la piedra de Moisés en el desierto, detiene su fluir sin que alma alguna acerque siquiera un vaso del codiciado líquido elemento.
Si hasta el policía se convierte en aquel “amigo de la esquina” en el que todos podían confiar. Los uniformados de azul superan en gracia a la Madre Teresa de Calcuta y hasta los miembros de la Infantería se vuelven más serviciales que los monaguillos.
Vergüenzas del género humano, podría decirse, miserabilidades del espíritu que no sólo imputables a los simples, sino y con mucho más a los barones del poder, tanto civil como eclesiástico.
En el redil de los consagrados se reúne la más calificada clase alta del Episcopado, que revestidos de ornamentos y oropeles bermejos como el segundo Caballo del Apocalipsis, todos ribeteados en filigranas áureas, el tocado de los césares, imparten gratuitas bendiciones “Urbi et Orbi”, imponen manos y bendicen medallitas que se convierten en los amuletos que reemplazan a la pata de conejo del salvaje montaraz.
Pero, ellos, administradores de la Palabra ¿Qué dicho a los neo emperadores de la Salta medieval? ¡Nada! ¿Han amonestado acaso el abandono, la destrucción de la educación, el saqueo de la salud pública y el amancebamiento de la inseguridad? ¡Tampoco! Apenas tibias alusiones a la esperanza que deben mantener vigentes los simples para soportar estoicamente el peso de las tribulaciones impositivas con que los cortesanos viven mejor aún que los emperadores.
Allá van, los cesáreos funcionarios junto a los sacerdotes repitiendo el curso levítico del rito iniciático que restringe y administra la relación entre pueblo y divinidad en sus manos, esas mismas manos consagradas que bendicen el latrocinio, la lascivia empoderada por el “voto popular y electrónico”, la mudanza de recursos desde los monederos a las cuentas abultadas que les permiten conocer el orbe más allá del horizonte, mientras la masa ululante, sumida en la devocionaria letanía, apenas sabrá que más allá del Cerro San Bernardo se extiende otros barrios donde la pobreza se amalgama y la dignidad se va por los mismos caños que los residuos excrementales recorren hasta contaminar las vías de aguas que terminan haciendo del Dique Cabra Corral un inmenso espejo de agua infecta.
Si, el Milagro ha pasado, y como decían los viejos de antaño, cuando el Milagro pasa, ya se termina el año. Y la rueda vuelve a comenzar su giro cotidiano de temores, llanto y rechinar de dientes porque el billete no se estira y el ajuste sí.
A esta altura de los tiempos, Salta necesita un Milagro, es verdad; pero el milagro de la conversión cívica que saque a los ciudadanos del letargo peronista o del color que sea, para convertirla en ciudadanos que sepan defender sus derechos, exigir a sus autoridades y en todo caso, presionarlas para que cumplan con lo prometido, o por lo menos, para que trabajen para darles los elementos dignos y propios de una sociedad civilizada. Con que trabajen, ya se habría obtenido ese milagro.
Hay que tener esperanza, dicen. Y la gran mayoría la tiene, pero lamentablemente todo indica que dentro de un año, cuando las campanas de la Catedral anuncien otra vez que el Cristo y María del Milagro salen nuevamente a las calles, lo más probable sea que esta crónica, así, como está, sin tocarle una coma, pueda volver a publicarse.-