SALTA – Por Matilde Serra – Una ironía del destino, podría decirse; y a la vez, una paradoja geográfica, se podría considerar, el hecho de que en el mes de febrero se inaugura, el Carnaval de Venecia, un pintoresco espectáculo en medio de sus calles con agua. Pero en Salta, apenas inicia el verano, cuando se prepara el Carnaval, las calles se convierten en Venecia, también llenas de aguas.
Los salteños con memoria, recordarán que en más de una oportunidad, algunos aprovecharon la inundación para pasear en lancha o kayak por las arterias céntricas. Si con un poco de imaginación, hasta podría pensarse en que las calles desbordadas ya se convirtieran en un atractivo turístico.
La idea podría resultar hasta picaresca de no ser porque pasan los intendentes, cada uno “hace obras” y la inundación continúa con su espectáculo de calles convertidas en verdaderos ríos, vehículos flotando y desagües colapsados, todo conjugando un verdadero caos hídrico; una mala película que cada año repite su desgastado guion.
Diluvio universal
En este carnaval municipal ya participaron todos los intendentes, desde Miguel Isa que abrió las calles para poner caños más grandes, luego, Gustavo Sáenz, que volvió a abrir las calles para poner otros más grandes. Incluso amplió la cisterna de Plaza Gurruchaga, que, dicho sea de paso, continúa inundándose; Bettina Romero, que colocó macetas y ahora Emiliano Durand, quien ya estrenó veranos a toda agua desbordada en el centro de la ciudad.
A su tiempo, todos prometieron modernizar la ciudad, mejorar la infraestructura, embellecer las calles, pero cuando las nubes cierran el cielo y descargan el agua, la furia de la misma continúa imponiéndose con la misma o más fuerza todavía.
Un expediente recurrente fue echarla la culpa a los residuos que los desaprensivos salteños arrojan a la calle, las bolsas que navegan y que terminan acumulados en las alcantarillas.
Pero ni siquiera las tomas de aguas colocadas en Avenida Belgrano en la intendencia de Bettina Romero, que dicho sea de paso, originalmente se pusieron en la misma dirección del tránsito con lo que antes se convirtieron en atrapa-bicicletas; nada, pudieron hacer para menguar el problema.
Una ciudad atrapada en una mala gestión
A esta altura de los acontecimientos, ya hay que pensar que lo que falta en la administración municipal no sólo son obras, sino pareciera que hay ausencia de un elemento todavía más escaso: cerebros que piensen un plan estratégico y un plan de contención para estas situaciones.
La realidad, que es la única verdad, denuncia que en realidad no existe un proyecto de infraestructura pluvial serio. No hay un plan de contingencia eficaz. Sólo pan y circo, excusas y fotos de funcionarios con botas de lluvia posando en medio del desastre. Recordada será aquella imagen de Emiliano Durand, sosteniendo en brazos a una nena con el agua hasta la rodilla en algún barrio. Podría suponerse que hoy, un año más tarde, la misma nena será la que está tapada por el agua y sin el intendente que la porte en brazos. Ya Adolf Hitler, utilizaba esta técnica publicitaria.
La mención a la ausencia de un plan estratégico, que la Capital de Salta jamás tuvo, es un llamado de atención para decir que hoy tampoco existiría. Todo en la política municipal es espasmódico o convencional, como la famosa y legendaria “Marca ACME” y el “Hágalo usted mismo”, por al fin de cuentas son los vecinos los que terminan aportando sus propias soluciones.
Faltan ideas, faltan ganas
Esta falta de planificación es la causante de una ciudad que ha crecido y continúa creciendo desordenadamente. Y donde las obras de contención y drenaje brillan por su ausencia, en medio de promesas de soluciones definitivas que nunca llegan. Pero las elecciones sí llegan, y con ellas, las mismas promesas recicladas.
Todo sigue, actualmente, siendo circo y rock and roll. Mientras la ausencia de un pensamiento estratégico para gestionar la Capital, no sólo provoca un problema de desorden urbano, sino que conlleva además, una condena al caos estructural y social. Sin planificación, el desarrollo se vuelve errático, la infraestructura colapsa ante la menor crisis, y los ciudadanos terminan pagando las consecuencias de la improvisación política. Como ocurre a diario en el microcentro donde todavía no se resuelve la congestión vehicular agravada por la presencia de los ómnibus del transporte urbano.
Entre los problemas de un microcentro colapsado, no solamente hay que contemplar que en calles trazadas hace un siglo atrás, sino que en un casco histórico donde se alzan casonas, museos y templos, construidos a la usanza de entonces, el paso de los colectivos que además de su peso tienen la suspensión invertida para que el golpe contra el pavimento no lo padezcan los usuarios, provoca movimientos de piso que van deteriorando la condición edilicia de esos inmuebles.
Soluciones alternativas como el trasbordo a unidades más pequeñas en una determinada línea de perímetro, por ejemplo, son imposibles al parecer para estas mentes municipales. Se argumentará que hay un problema de presupuesto, pero basta con levantar la mirada y buscar en Google, y se hallarán organismos internacionales que asesoran gratuitamente a los municipios en los distintos órdenes de la gestión urbana de las ciudades. Por ejemplo.
Nada se transforma, todo se inunda
Así, calles que se inundan, transporte público deficiente, viviendas precarias y servicios colapsados siguen siendo parte del folclore político y el resultado de una gestión cortoplacista que prioriza la inmediatez electoral sobre la sostenibilidad del futuro. Porque, lógicamente, para gobiernos que tienen en la frente marcado sólo el sello con la fecha de las próximas elecciones, la inversión en infraestructura no es rentable políticamente porque la gente se olvida pronto de lo que se instala debajo del pavimento.
En tiempos en que la robótica avanza amenazando incluso en desplazar a los seres humanos, en la Capital de Salta, se gestiona todavía a la criolla, sin pensar en una ciudad del futuro. No es tan difícil, se trata de utilizar Google, por ejemplo, y consultar sobre planificación urbana proyectada a 10 o 20 años, buscando armar un modelo que contemple tecnología y sostenibilidad.
En lugar de parches temporales, se trata de pensar en una estrategia integral basada en una infraestructura inteligente y un modelado predictivo.
Por ejemplo, para solucionar un problema recurrente como las inundaciones en el microcentro, la clave estaría en la ingeniería urbana avanzada y la digitalización, con drenajes inteligentes y pavimentos permeables, calles y veredas con materiales absorbentes que reducen el escurrimiento superficial, todo, ahora fabricado con elementos reciclables.
Un intendente que no gestiona
Por supuesto, sería necesario un equipo de profesionales especializados que analicen los datos históricos de lluvia, temperatura y topografía, junto a la creación de los llamados corredores bioclimáticos, consistentes en las azoteas verdes que absorban agua y reduzcan la temperatura urbana. No son los jardines colgantes de Babilonia, pero casi.
En suma, pensar la histórica Salta Capital como una ciudad del futuro. Por supuesto, que esto no puede depender del azar ni de la resignación. Debe ser eficiente, resiliente y sustentable, con tecnología aplicada en la toma de decisiones para evitar que los mismos problemas se repitan eternamente.
Sin un modelo de crecimiento ordenado, las ciudades se transforman en trampas de desigualdad, donde unos pocos disfrutan de comodidades mientras la mayoría sobrevive entre el abandono y la informalidad.
Tal vez, después de estas consideraciones y pensando en un tiempo donde los robots vienen reemplazando a los humanos, quizás lo más acertado termine siendo que se cambie al intendente por uno de estos aparatos.
Lo cierto es que la capital salteña sigue dependiendo de un sistema de drenaje obsoleto que no ha sido renovado ni ampliado acorde a las necesidades de la población. Cada tormenta es un recordatorio de la desidia. Mientras tanto, los salteños siguen poniendo fajas en sus puertas, elevando sus autos y esperando que el agua baje, porque al parecer, en esta ciudad, es más fácil culpar a la basura que asumir responsabilidades y ejecutar un plan de obras que de una vez por todas solucione el problema.