SALTA – Por Matilde Serra – En la concepción más llana y vulgar, se utiliza el término limbo para describir un estado de incertidumbre o indefinición. Un estado insustancial donde alguien o algo esperan la resolución de un problema que jamás llega. Una frase muy popular dice “Eso quedó en el limbo”, como una manera de decir que el trámite, gestión o expediente, está estancado o sin avances y de manera indefinida.
Si hay un lugar donde los expedientes van a morir sin justicia porque se desvanecen en el limbo, es en los pasillos del Poder Judicial de Salta. Allí, las causas más relevantes quedan atrapadas en un estado de incertidumbre eterna, sin avanzar ni resolverse. No hay condena, pero tampoco absolución. No hay respuestas, sólo el eco de promesas vacías y trámites empantanados. Como otra versión diría “Durmiendo el sueño de los justos”.
Pero también durmiendo el sueño de los injustos, porque en ese espacio vacío de tiempo donde hay causas que jamás se resuelven y caducan por el tiempo, también se benefician no pocos injustos.
Causas olvidadas
En este limbo judicial, casos emblemáticos como los de María Cash, y ahora más recientemente, Lautaro Ramasco, los relacionados a la cercanía con el asesinado. Darío Monjes o el imputado por tráfico de influencias, de Benjamín Cruz, flotan en la nada. Movidos por la inercia de una burocracia cómplice que prefiere mirar hacia otro lado antes que incomodar a los poderosos. Todo se investiga, todo se analiza, todo se dilata… pero nada se resuelve.
¿Hay sentencias? Sí, claro que las hay, pero las pocas que se fallan dejan a la sociedad con un sabor a falta de verdadera justicia.
Los jueces y fiscales actúan como los guardianes de este purgatorio judicial, asegurándose de que las causas duerman ese dicho sueño de los justos e injustos. Esperando quizás a que el tiempo borre de la memoria colectiva los hechos, o a que una nueva distracción mediática las sepulte definitivamente. Mientras tanto, las víctimas y sus familias quedan condenadas a un sufrimiento sin cierre, atrapadas en un sistema que les promete justicia pero que sólo les ofrece olvido.
El Poder Judicial de Salta no es un órgano de justicia, sino un depósito de causas perdidas. Donde la impunidad reina y la ley se convierte en un simple decorado. Un limbo donde la verdad se posterga, donde la política dicta los tiempos y la esperanza del famoso “Será Justicia” se diluye entre expedientes polvorientos que, como almas sin destino, jamás encuentran su juicio final.
El triste rol de la Justicia salteña
La justicia en Salta es un teatro de sombras donde las causas más sensibles se desvanecen en la burocracia y la inoperancia. Donde queda en evidencia que se trata un sistema judicial que, lejos de ser un pilar de la democracia, se ha convertido en una maquinaria servil al poder político de turno.
Los jueces y fiscales parecen más preocupados por no incomodar al Ejecutivo que por cumplir su función de garantizar justicia. Mientras tanto, las familias de las víctimas continúan peregrinando por respuestas que nunca llegan. Chocando contra un muro de silencio cómplice. El esquema es siempre el mismo: declaraciones rimbombantes, titulares impactantes, allanamientos televisados y, al final, un expediente que se estanca sin culpables ni condenas.
No hay independencia judicial en Salta. Hay operadores, hay favores, hay presiones. La justicia es un engranaje más de la maquinaria política, lista para actuar cuando conviene y para dormirse cuando se tocan intereses incómodos. El problema no es sólo la lentitud o la ineficiencia, sino la falta de voluntad real para esclarecer los hechos y castigar a los responsables.
A gusto y antojo del poder
Lamentablemente, la sociedad de Salta percibe que algo extraño, inconsistente, flota en el aire que envuelve al palacio de Tribunales. Una suerte de percepción recorre en el ese imaginario colectivo de los salteños que opinan que la justicia no es una garantía, sino una moneda de cambio.
Que sólo pareciera funcionar cuando se trata de disciplinar a opositores, para proteger a los aliados y para generar la ilusión de que algo se hace, cuando en realidad todo sigue igual.
Y mientras los jueces miran para otro lado, la impunidad sigue siendo la regla en una provincia donde la ley es un decorado y la justicia, una parodia. Y si, mientras esta tragicomedia continúa en escena, esos expedientes calientes, esos que incomodan, continúan empolvándose en el limbo de Ciudad Judicial.