SALTA (Pablo Kosiner).- El fallecimiento del Papa Francisco marca un punto de inflexión en la historia contemporánea. No se trata solo de la despedida de un Pontífice —el primero latinoamericano, el primero jesuita, el primero que eligió el nombre del Santo de Asís—, sino de la partida de un pensador profundamente comprometido con los desafíos morales y existenciales de nuestro tiempo. Su magisterio no se agotó en los muros del Vaticano, sino que atravesó fronteras, religiones, ideologías y culturas. Francisco pensó el mundo y propuso caminos para sanar sus heridas desde una mirada profundamente humana, espiritual y política.
Uno de los textos más poderosos que nos deja es la encíclica Fratelli tutti, publicada en 2020, en plena pandemia. En su primer capítulo, “Las sombras de un mundo cerrado”, el Papa realiza un análisis lúcido, directo y valiente de la crisis civilizatoria que atravesamos. Lejos de quedarse en la superficie, denuncia con claridad los mecanismos que generan desigualdad, polarización, exclusión y violencia.
Entre los puntos centrales de ese capítulo, Francisco marca una diferencia fundamental entre crecimiento económico y auténtico desarrollo humano. Señala que no alcanza con que una sociedad crezca en términos de producto bruto si ese crecimiento no se traduce en equidad, justicia distributiva y oportunidades reales para todos. La acumulación de riqueza en pocas manos y el descarte sistemático de los más pobres no constituyen progreso, sino una forma sofisticada de injusticia. Como advierte con fuerza: “La política no debe someterse a la economía, y esta no debe someterse a los dictámenes del paradigma eficientista de la tecnocracia” (FT 177).
Asimismo, denuncia la pérdida del sentido histórico, esa tentación contemporánea de despreciar el pasado y construir el futuro negando las raíces culturales y sociales de los pueblos. Francisco reivindica la memoria histórica como fuente de sabiduría y anclaje: “Ignorar la historia es repetir errores. Es una forma de inmadurez. La historia existe para recordarnos que no hay soluciones fáciles, rápidas y absolutas” (FT 14). Una sociedad sin memoria es vulnerable al autoritarismo y al fanatismo, porque pierde sus referencias éticas, su identidad y su capacidad crítica.
En ese mismo capítulo, el Papa Francisco dedica reflexiones cruciales al impacto de las redes sociales en la convivencia democrática. Sin negar sus aportes a la comunicación y la participación, alerta sobre su uso destructivo como espacios de agresión, desinformación, cancelación y encierro en el propio «yo». Señala que muchas veces las redes sociales promueven una ilusión de vínculo que, en realidad, aísla y fragmenta: “La conexión digital no basta para tender puentes, no alcanza para unir a la humanidad” (FT 43). Y advierte sobre el peligro de un narcisismo exacerbado que deteriora los vínculos: “Nos encerramos en lo inmediato, en los derechos individuales, en las necesidades urgentes y en el miedo al otro” (FT 33).
Otro de los núcleos más profundos de su pensamiento se expresa en su defensa incondicional de los migrantes y refugiados. En un mundo que levanta muros físicos y simbólicos, que convierte al extranjero en sospechoso y al pobre en una carga, Francisco exige una mirada ética, compasiva y solidaria. Advierte sobre la naturalización de la marginación de millones de personas que huyen del hambre, la guerra o la desesperanza, y critica con firmeza las políticas que criminalizan al migrante: “Es inaceptable que los cristianos compartan esta mentalidad y estas actitudes, haciendo a veces prevalecer ciertas preferencias políticas sobre las hondas convicciones de su fe: la inalienable dignidad de toda persona humana más allá de su origen, color o religión” (FT 39). Su llamado es claro: acoger, proteger, promover e integrar.
Finalmente, su llamado al cuidado de la casa común —desarrollado en Laudato si’ pero también presente en Fratelli tutti— se vincula directamente con una ética del límite, la responsabilidad intergeneracional y la justicia ambiental. El Papa no habla de ecología desde el tecnicismo, sino desde el humanismo: cuidar la tierra es cuidar a los pobres, a los que vendrán, y a nosotros mismos en nuestra fragilidad.
Revalorizar el pensamiento del Papa Francisco no es un ejercicio de nostalgia, sino un acto de compromiso con el presente. Es comprender que su legado no muere con él, sino que se vuelve aún más vigente. Francisco no fue solo un líder espiritual: fue una conciencia moral para el siglo XXI, un testigo de la fraternidad posible, y un sembrador de esperanza en medio del desencanto.
En tiempos de sombras, su palabra sigue siendo luz. Y su pensamiento, una semilla fecunda que nos llama —a todos, sin excepción— a construir un mundo más justo, humano y fraterno.