SALTA (Diego Nofal).- El pasado domingo, Salta no solo eligió legisladores; votó un terremoto político. La victoria de La Libertad Avanza en la capital sacudió los cimientos del oficialismo y dejó al intendente Emiliano Durand, apodado “Emily” o “El Princeso”, al borde de un precipicio. Su futuro, otrora promisorio, hoy pende de un hilo tan delgado como su margen de error.
Las elecciones legislativas eran, en teoría, un trámite para el oficialismo. Confiado en su dominio histórico, subestimó el ascenso de La Libertad Avanza, una fuerza que capitalizó el descontento con discursos disruptivos. Emiliano Durand, figura emblemática del oficialismo local, no hizo campaña. ¿Para qué? La capital era su feudo, y su reelección como intendente parecía un mero ritual. Pero el triunfo opositor lo cambió todo, la ciudad ya no es un bastión seguro, y su imagen de líder invencible se resquebraja.
Durand enfrenta ahora una disyuntiva existencial. Si se presenta a la reelección y pierde, su carrera política podría extinguirse. La derrota en la capital, de El Princeso lo enterraría como símbolo de un establishment fracasado. Pero hay otra opción: apuntar a la gobernación. Aunque arriesgado, este camino ofrece una salida elegante. Perder con el 25-30% de los votos le permitiría reciclarse como diputado nacional, manteniendo viva su influencia.
El problema es la interna. El oficialismo está lejos de la unidad. El actual gobernador, Gustavo Sáenz, tambaleante tras la derrota del domingo, no descarta buscar una segunda reelección, lo que complica el panorama. Además, otros referentes del partido ya alistan sus armas para la candidatura. Emiliano Durand, sin haber construido alianzas sólidas en años de complacencia, llega tarde al juego.
La falta de preparación de Durand es un caso de manual sobre los peligros de la soberbia política. Confiado en que el oficialismo ganaría holgadamente, ignoró señales de alerta: el malestar por la gestión de la pandemia, la inflación y una percepción de estancamiento en la capital. Mientras La Libertad Avanza movilizaba a jóvenes y sectores medios con promesas de cambio, él confió en la maquinaria partidaria. El resultado fue un electorado que, más que votar contra él, votó por enterrar una era.
El futuro incierto de Emiliano Durand
Hoy, Durand no solo lucha por su supervivencia política; es el síntoma de un oficialismo en crisis. Si opta por la intendencia, necesitará reinventarse, acercarse a vecinos y demostrar resultados tangibles. Pero el tiempo apremia, y la oposición ya olió la sangre. Si elige la gobernación, deberá negociar con Sáenz y otros pesos pesados, algo para lo que no está entrenado. Su estilo, más cercano al liderazgo mediático que al trabajo en equipo, juega en su contra.
La caída de Durand no es solo personal; es una advertencia para una clase política que subestima el descontento. En un país donde el voto castigo es moneda corriente, la soberbia se paga caro. Su dilema refleja una tensión entre el pasado y el futuro: aferrarse a un cargo que ya no controla o saltar al vacío con la esperanza de que el paracaídas partidario se abra.
Sea cual sea su decisión, una cosa es clara, en política: nadie es princeso de nada. Y Durand, entre apodos y especulaciones, acaba de aprenderlo en estos últimos días por las malas.