SALTA – (Pablo Kosiner).- La homilía del arzobispo Jorge García Cuerva en el Tedeum del 25 de Mayo dejó en claro que hay una Argentina que todavía lucha por sostener los valores fundacionales de la patria: el diálogo, la unidad, la justicia social y el respeto por las instituciones. Lejos de lugares comunes, el arzobispo habló con valentía sobre los dolores actuales del pueblo argentino, el sufrimiento de los más pobres, el deterioro del tejido social y la urgencia de políticas públicas que pongan al ser humano en el centro.
En contraste con este mensaje pastoral, el presidente Javier Milei optó por una actitud que sorprendió incluso a sus propios aliados: no saludó al jefe de Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires ni a su propia vicepresidenta, presentes ambos en el acto. No fue una omisión protocolar, sino un gesto deliberado, cargado de desprecio político. Más tarde, ante las críticas, Milei justificó su actitud citando la frase: “Roma no paga traidores”.
Hay algo profundamente inquietante en que un jefe de Estado, en el día que conmemora el nacimiento del primer gobierno patrio, elija responder con una máxima imperial. Porque esa frase, lejos de toda épica, no es una expresión de justicia, sino una advertencia vengativa del poder: quien no es incondicional, será excluido. Y esa lógica nada tiene que ver con la democracia ni con el espíritu republicano.
El Presidente tiene todo el derecho de tener diferencias políticas, incluso internas. Pero la manera en que las tramita revela una preocupante concepción del poder. Una visión que sustituye la convivencia democrática por la lógica del enemigo. Que reemplaza el debate por la descalificación. Que castiga la autonomía de pensamiento y exige sumisión personal.
El contraste entre el llamado de García Cuerva a sanar heridas sociales y tender puentes, y la actitud revanchista del Presidente, interpela no solo al gobierno, sino a toda la dirigencia política y a la sociedad. La Argentina no se reconstruye desde la exclusión ni desde el agravio. La historia nos enseña que solo en los momentos en que supimos reconocernos en la diversidad, y no en la obediencia ciega, pudimos avanzar.
Y sin embargo, hay gestos que todavía nos invitan a no resignarnos. Las palabras del arzobispo no fueron solo una denuncia, sino también un llamado a recuperar la esperanza. Nos recordó que la patria no es un botín ni un ring, sino una casa común en la que todos debemos ser escuchados, incluso los que piensan distinto.
El 25 de Mayo no nos convocaba solo a mirar atrás, sino a preguntarnos qué clase de país queremos ser hoy. Si uno gobernado por el orgullo, el rencor y la humillación de quienes no se someten, o uno que, como en 1810, se anime a pensar un futuro más justo, con lugar para todos.
Porque la Argentina no necesita emperadores, necesita estadistas. No necesita frases de guerra, necesita gestos de reconciliación. Y no necesita traidores ni héroes de ocasión: necesita ciudadanos comprometidos con la dignidad, la memoria y el futuro.