SALTA – (Diego Nofal).- Pocos inicios de gestión ministerial han generado tanto… eco anticipado como el de Manuela Arancibia al frente de Turismo y Deportes de Salta. Apenas estrenó el sillón, los rumores de su inminente renuncia ya decoraban los pasillos de Grand Bourg. Una especie de récord provincial en precariedad percibida. Brillantemente discreta, su gestión parece empeñada en pasar al olvido, aunque no por las razones deseadas.
La realidad turística salteña bajo su batuta, o más bien bajo su aparente ausencia de batuta, es un paisaje desolador. Mientras la vecina Jujuy brilla con luz propia, robándose descaradamente la centralidad turística de la región, Salta languidece. Las reservas para esta temporada baja son un poema triste escrito en habitaciones vacías. Jujuy promociona, innova, atrae. Salta, bajo el mando de Arancibia, parece esperar que los turistas caigan del cielo, quizás cerca del Tren a las Nubes.
Hablando del Tren a las Nubes. Qué postal más elocuente de este desgobierno turístico. El emblemático convoy serpentea por la Puna casi vacío, un espectáculo de soledad a cuatro mil metros. Mientras tanto, en Jujuy, el flamante Tren de la Quebrada ofrece promociones inteligentes para «genios» (como ellos mismos dicen) y mantiene su estructura a pleno. La diferencia es abismal. Ni una idea tan simple como una oferta atractiva parece haber cruzado la mente de nuestra ministra. Es como si gestionara con los ojos vendados y los oídos tapados.
Pero claro, no todo es simple ineptitud en este relato. Para añadir ese toque de drama que tanto disfruta la política local, apareció un audio. El titular de la Agencia de Deportes provincial, Sergio Chibán, nada menos, acusó a la señora ministra de haberse “aliviado” de diez millones de pesos que le molestaban en el presupuesto. Diez millones. Una cifra que no es precisamente para comprar figuritas. El audio se hizo público, estalló como bomba, y luego… silencio. Un silencio que todavía hace ruido interno.
Nadie salió a explicar, a desmentir con fuerza, a aclarar el asunto. Ni siquiera un fiscal, movido por la curiosidad o el deber, pareció querer hurgar en esta acusación grave entre funcionarios. El mutismo fue la única respuesta oficial. Un mutismo que habla más fuerte que cualquier declaración. Muy elocuente, sin duda.
Ante semejante panorama de fracaso turístico y nube de acusaciones, ¿cuál fue la brillante estrategia de contención de la ministra Manuela Arancibia? Mandó al frente a su hermano y abogado, Pedro Arancibia. Su misión, denunciar públicamente a opositores y periodistas. Sí, ha leído bien. La táctica fue culpar a los mensajeros de la desastrosa gestión de su hermana. Una jugada tan original como transparente, muy en la línea del estilo Gustavo Sáenz que tanto conocemos. Cambiemos el foco, ataquemos al crítico, el viejo manual.
Así las cosas, Manuela Arancibia navega entre dos aguas igualmente turbias. Por un lado, una gestión turística que parece escrita para el manual del olvido, incapaz de levantar cabeza frente a una Jujuy pujante, dejando que su tren estrella circule vacío como símbolo de la desidia. Por otro, una acusación de corrupción que flota en el aire como un mal olor, respondida solo con silencios oficiales y ataques fraternales contra la prensa.
Entre la irrelevancia absoluta y el presunto delito grave, su paso por el ministerio ya es una tragicomedia salteña. Quizás su único legado duradero sea demostrar cómo no se debe gestionar el turismo. Y cómo Jujuy agradece profundamente su inacción. El olvido, al final, podría ser un premio demasiado generoso para este despropósito.