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Salta

María Emilia Orozco se acostumbró rápido a ser casta

La política salteña María Emilia Orozco llegó al Congreso nacional como un vendaval de promesas frescas.

María Emilia Orozco

SALTA (Diego Nofal).– La política salteña María Emilia Orozco llegó al Congreso nacional como un vendaval de promesas frescas. Diputada por La Libertad Avanza, se presentaba como la antítesis de la vieja política. La voz de los olvidados, especialmente de las personas con discapacidad. Su discurso era un himno contra el derroche estatal y un canto a la transparencia. Qué tiempos aquellos, tan lejanos ya, tan… incómodamente opuestos a sus acciones recientes. Parece que el aire de Buenos Aires, o quizás el olor a cuero legislativo, tiene efectos transformadores inmediatos.

Su primer gran acto de desapego a sus principios fundacionales fue tan rápido que merecería un récord Guinness. Habiendo hecho bandera de la lucha por los derechos de las personas con discapacidad durante su campaña. Hace apenas dos semanas decidió votar en contra de la Ley de Emergencia en Discapacidad. Sí, la misma que busca paliar la crisis en un sector golpeado por recortes desde hace año y medio. Una negativa fría, calculada, que dejó boquiabiertos incluso a los cínicos más curtidos. ¿Principios? Eso era para antes de sentarse en esos sillones tan cómodos del Congreso.

Pero votar contra quienes decía defender no fue suficiente demostración de su nueva identidad. La diputada Orozco, campeona de la austeridad fiscal, la crítica feroz a los «gastos innecesarios del Estado», decidió emprender un viajecito. Junto a la titular de la Agencia Nacional de Discapacidad, se fue a Israel, en una supuesta misión de capacitación.

Hasta ahí, quizás, aunque su voto previo lo teñía de hipocresía. Lo realmente espectacular fue la escala siguiente. Dubai. La ciudad del oro, los rascacielos imposibles y el lujo desbordado. Todo financiado, claro está, con el dinero de los contribuyentes que tanto le preocupa malgastar. Ironía sería poco, esto es pura sátira de alto presupuesto.

Su talento para la comunicación, su licenciatura universitaria, parece aplicarla más a evitar comunicar que a facilitarlo. Ostenta la titularidad de la comisión de Libertad de Expresión. Un cargo crucial, especialmente en meses donde los ataques a la prensa han sido graves y frecuentes.

¿Su gestión? Mantener la comisión herméticamente cerrada. Diez largos meses sin sesionar, sin abordar las urgencias del sector. El silencio como política. Cuando la prensa, esa misma que su comisión debería proteger, le preguntó sobre estos viajes o su voto, la respuesta fue un muro. Negarse a responder se ha convertido en su declaración favorita.

Una gestión lamentable

Para rematar la obra maestra de su adaptación castiza, surgió una perla más. Se supo que en su espacio político, se obliga a los empleados a «contribuir» con un porcentaje de sus salarios para un oscuro «fondo de gastos partidarios». Una práctica no solo éticamente repudiable, sino abiertamente ilegal. Ese dinero, extraído del bolsillo de trabajadores, desaparece en un agujero negro financiero. Nadie sabe a dónde va, para qué se usa realmente. Es el viejo vicio del aparato, la caja negra que todo lo justifica y nada explica, ahora practicado por quien juró barrer con esas mañas.

El cambio de María Emilia Orozco

María Emilia Orozco ha ejecutado una metamorfosis política digna de estudio. Pasó de abanderada de la discapacidad a negarles ayuda urgente. De cruzada contra el gasto público a turista de lujo en Dubai con fondos del Estado. De titular de Libertad de Expresión a silenciadora profesional.

Cambió transparencia por manejar fondos oscuros e ilegales. Todo ello en un tiempo récord, con una soltura que asombra. La conclusión es inevitable y tristemente cómica. María Emilia Orozco no solo llegó a la casta, se acomodó en su regazo con una velocidad y una comodidad pasmosas. Se acostumbró rápido, muy rápido, a ser casta.

Tan rápido que uno se pregunta si realmente alguna vez fue otra cosa, o si el disfraz de outsider solo fue el boleto de entrada al mismo viejo club. Su récord de abandono de principios parece imbatible, un triste triunfo en la carrera hacia la contradicción absoluta. Bienvenida al club, diputada. Lástima que el precio de la entrada lo paguen los discapacitados, los trabajadores esquilmados y la prensa silenciada.