Salta.- (Por Diego Nofal) Las paredes de Salta se han convertido en inesperados panfletos políticos, proclamando un regreso que muchos daban por descartado. «Vuelve Juan, vuelve el peronismo», gritan las pintadas, anunciando el retorno del exgobernador Juan Manuel Urtubey. Su candidatura a senador nacional ya no es solo un rumor de pasillo, es un mensaje urbano. Comenzó a hacerse sentir donde el asfalto se encuentra con la tierra, más allá del zumbido digital.
La vieja tropa de Urtubey, mezclada con nuevas caras entusiastas, se ha puesto en movimiento en los territorios donde la política se huele y se toca. Actúan en los barrios populares, entre los adultos mayores que aún creen en el contacto humano, y en las vastas zonas rurales donde el internet es un lujo esquivo. Ahí, donde las redes sociales son tan útiles como una botella de salmuera en el mar, el cara a cara sigue siendo la moneda fuerte. Para Urtubey, ganar estas elecciones pasa por «hacer peronismo», una frase que suena a disco de vinilo rayado pero efectivo.
Lo viejo funciona
Su estrategia parece sacada de un manual antiguo, quizás olvidado en un cajón polvoriento. Hablar casa por casa, buscar al obrero al salir de la fábrica, conectar con la gente del campo en sus propias tierras. Reuniones en humildes casas de familia, en iglesias que huelen a incienso y comunidad, en campos abiertos y en las siempre sufridas pymes.
Tal vez por eso su presencia online brilla por su ausencia, un misterio para la era digital. No se ha preocupado por contratar gurús de redes sociales ni agentes de prensa que bombardeen con comunicados tras cada evento. Su foco hoy, al menos, está en estar cerca del votante, en intentar enamorarlo como en los viejos tiempos.
Pero el objetivo no es solo seducir al sufrido elector, también necesita conquistar a la vieja guardia del Partido Justicialista salteño. Un partido quebrado, intervenido desde el mismísimo Consejo Nacional, un verdadero campo de batalla interno. El desafío es monumental, reconstruir lo que él mismo una vez unió bajo una alianza casi mágica.
¿Urtubey será capaz de unir los intereses del peronismo?
Alguna vez Urtubey logró la proeza de englobar bajo el mismo techo justicialista movimientos que iban desde la izquierda más fogosa hasta la derecha más añeja y conservadora. Unir lo aparentemente irreconciliable fue su sello distintivo, un arte perdido.
En el peronismo nacional y local, aún lo miran con un recelo que podría cortarse con cuchillo. Sospechas, rencores viejos y nuevas desconfianzas planean sobre su figura. Sin embargo, él y su círculo más cercano confían, con un optimismo que raya en lo épico, en que finalmente el Partido Justicialista terminará acompañando su candidatura. Creen que el pragmatismo, o quizás la simple desesperación, vencerán a los prejuicios. Es una apuesta alta en un juego de póker político donde las cartas están marcadas por décadas de historia.
Tampoco se descarta, en un giro que sería digno de un guionista creativo, que Urtubey pueda convertirse en la amalgama perfecta. El pegamento que una a un oficialismo sin rumbo claro con algunos sectores opositores desencantados.
El gobernador Gustavo Sáenz, actualmente navegando sin candidatos propios definidos para octubre, aún no descarta apoyar la candidatura de Urtubey. Quizás no de manera estridente, pero sí con un respaldo implícito, un guiño cómplice entre líneas. También se especula que Emiliano Estrada, férreo opositor a Sáenz, podría terminar respaldando a Urtubey. Imaginen eso, juntar bajo una misma bandera a dos sectores del justicialismo salteño que parecían destinados a odiarse por siempre jamás.
Mientras tanto, las calles hablan
Juan Manuel Urtubey insiste en que quiere hacer peronismo, con todas sus letras y sus contradicciones inherentes. Y las paredes, esas testigos mudas de tantas promesas y consignas, parecen creérselo. Por eso aparecieron, como setas después de la lluvia, esas pintadas que claman su regreso. «Vuelve Juan, vuelve el peronismo», un eslogan que suena a nostalgia activada, a un intento de resucitar un fantasma familiar. Es una apuesta clara a la memoria emotiva del votante, a recordar tiempos que, en la memoria colectiva, siempre parecen mejores.
Las calles hablan, aunque sea con aerosol, y el mensaje es claro. Urtubey apuesta todo al método antiguo, al contacto directo, a la política de la cercanía física en un mundo virtual. Busca recomponer un partido fracturado y, de paso, unir lo que el tiempo y la ambición separaron.
Solo el tiempo dirá si las paredes son profetas o simplemente grafiteros optimistas. Si este retorno del «peronismo hecho carne» triunfa o si se quedará en un bonito eslogan pintado sobre ladrillo, otra promesa más para la larga lista. La verdadera prueba no está en la pintura fresca, sino en las urnas frías de octubre. Veremos si el pasado tiene futuro o si solo es un bonito mural en una pared desconchada.
La verdad debe contarse entera, siempre. Para aportar información, puteadas y amenazas diegonofal@gmail.com
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