Connect with us

Hola, ¿qué estás buscando?

Elintra.com.arElintra.com.ar

Opinión

Mario Mimessi y el barro como coartada: Por José de Álzaga

Llegó tarde, llegó mojado y llegó con cámaras. El barro como excusa, la imagen como reemplazo y la gestión, otra vez, fuera de cuadro.

Mario mimessi

(Por José de Alzaga).- Amigo lector: Nueva York está bajo cero. Un frío seco, severo, adulto; un frío que no tolera la farsa, que no concede espacio a la épica de utilería ni a los gestos superfluos. Desde esta ciudad, el contraste con cierta manera doméstica de concebir la política se vuelve inevitable. No por lo que se enuncia, sino por el modo y el momento en que se decide. Recientemente, Mario Mimessi nos dejó un ejemplo nuevo.

Desde una mesa discreta del Metropolitan Club, con la calefacción cumpliendo su función sin alardes, el murmullo civilizado mantenido a prudente distancia y una copa de L’Ermita. Ese vino español casi legendario creado por Álvaro Palacios, descansando intacta frente a mí, un vino que no se bebe para justificarse ni para exhibirse, sino para saber que está ahí, deslizo el teléfono con una inercia casi mecánica y me encuentro con la escena.

No es una noticia: es una indecencia visual. Allí aparece el ministro salteño Mario Mimessi, hundido hasta la cintura. Camisa pseudooperativa arremangada con la prolijidad impostada del vestuario circunstancial, anteojos oscuros de catálogo, gravedad ensayada. Las cámaras, dispuestas como un coro disciplinado; el agua, degradada a escenografía; la tragedia, convertida en utilería.

Dos semanas después de la inundación, cuando la urgencia ya se archivó. Cuando el barro dejó de ser catástrofe y pasó a ser decorado. Es que Mimessi no gestiona: interpreta. No resuelve: sobreactúa. No gobierna: se expone. Una representación tardía, vulgar y prescindible, mientras el problema real, como tantas veces, queda deliberadamente fuera de cuadro.

Mario Mimessi

Mimessi parece más un actor que un ministro

Mimessi no parece un ministro. Parece un figurante. Un actor menor del desastre, convocado cuando lo sustancial ya ocurrió y solo resta la fotografía.

La imagen condensa su perfil completo: superficial, efectista, oportunista, impostado; fotogénico antes que eficaz, visible antes que responsable, estridente antes que competente. Más atento al encuadre que al origen del problema, más preocupado por el lente que por el territorio. El barro le llega a la cintura; la responsabilidad, nunca a la cabeza.

Es el funcionario del gesto hueco, del compromiso simulado, del heroísmo escenográfico. El ministro de la aparición tardía, del silencio previo, de la solemnidad de ocasión. Siempre después. Siempre para la cámara. Siempre cuando lo importante ya pasó. Como un administrador del daño consumado y gerente del desastre ajeno. Un burócrata performático con aspiraciones de influencer.

¿Por qué sobran los calificativos? Porque el Estado no llega con el agua a las rodillas. Llega antes. Y cuando no llega antes, y aparece dos semanas más tarde, escoltado por un fotógrafo y una mueca solemne, la imagen no repara nada.Por el contrario, delata. Delata improvisación, delata negligencia, delata una dirigencia que confunde gestión con visibilidad y cree que el tiempo político comienza cuando se enciende la cámara.

La escena es obscena por reiterada. El político que se moja tarde para disimular la sequía de ideas. El ministro que chapotea cuando ya no hay vecinos que asistir sino imágenes que producir. El funcionario que confunde empatía con timing fallido y presencia con marketing.

Desde Nueva York, sometida a una de las olas polares más severas de los últimos años (temperaturas que paralizan la ciudad, tensionan infraestructuras y ponen a prueba la competencia real del Estado) no existe un solo funcionario practicando pantomimas bajo la nieve para justificarse con una foto tardía. Aquí nadie se congela para Instagram con atraso. El poder resuelve o desaparece.

Visto desde este lado del mundo, el cuadro resulta aún más sórdido y revelador: un hombre chapoteando fuera de tiempo en la miseria ajena, utilizando un desastre ya consumado como escenografía. Y mientras el problema persiste, el daño se acumula y la solución, como casi siempre, permanece ausente.

Una tipología gastada: la del administrador de desastre ajeno

Mimessi encarna una tipología gastada: el administrador del desastre ajeno, el gestor tardío de la emergencia convertida en mercancía visual, el burócrata escénico, el ministro insuficiente para problemas que lo exceden.

La copa de L’Ermita sigue donde estaba. Quieta. Intacta. Indiferente. La botella, apenas desplazada, como si incluso ella hubiera comprendido que no hacía falta participar del espectáculo. Hay vinos que no toleran el ruido ni la impostura; no se mezclan con escenas falsas, esperan. Y si no hay altura, simplemente no entran en juego.

Frente a la chimenea, mientras el fuego cumple su tarea sin anunciarse, pienso que el verdadero contraste no es entre el barro y la alfombra, sino entre la demora y la dignidad. Hay cosas (el vino serio, el poder real, la autoridad verdadera) que no se exhiben ni se apresuran: se sostienen. Y cuando no pueden sostenerse, no se disfrazan.

La peor forma de injusticia es la justicia simulada dice Platón . Y cuando un funcionario necesita meterse al agua dos semanas después para justificar su cargo, el problema ya no es la inundación. El problema es el cargo. Sobre todo quién lo ocupa. Y hasta cuándo.

Hasta la próxima.

SEGUINOS EN INSTAGRAM