SALTA.- (Por Matilde Serra) Hay algo casi hipnótico en ciertas aperturas televisivas: uno las escucha y siente que no está siendo informado, sino suavemente conducido, como quien entra a una habitación donde alguien ya decidió de antemano qué hay que pensar. La de Cara a Cara, con Mario Peña en la entrevista a Juan Manuel Urtubey, tuvo ese aire. No el del periodista curioso, sino el del anfitrión que acomoda las luces, baja el volumen de la duda y sube -apenas- el de la sospecha. Desde el primer minuto, el encuadre ya estaba definido.
No empezó preguntando, empezó afirmando, que es una manera elegante de cerrar el debate antes de abrirlo. Se dijo que la provincia “recibió” 220 millones de dólares con una seguridad que no era técnica sino escénica, casi teatral. Porque no, no los recibió. Hubo una autorización de crédito, que es algo bastante menos cinematográfico.
Y ahí aparece uno de los momentos más incómodos de la entrevista: cuando Urtubey lo corrige. Se lo explica con una calma casi pedagógica, le marca que no se trata de un desembolso sino de una autorización, que no es un hecho consumado sino una herramienta financiera. Es un punto básico, estructural. Y sin embargo, no hay corrección del encuadre. Se sigue. Se insiste.
Se retoma la idea original como si la aclaración no hubiese existido o, peor aún, como si no fuese relevante. Ahí ya no hay error, hay decisión. Porque cuando un dato central es corregido en vivo y aun así se sostiene la versión inicial, lo que está en juego no es la precisión sino la voluntad de sostener un relato previamente armado.
El método Peña: insistir incluso después de ser corregido
Después vino esa otra pieza delicada: la idea de que había “dos informes” dentro de la Auditoría. Dos miradas, dos versiones, dos verdades enfrentadas. Es un recurso viejo, pero eficaz. Se instala la sensación de conflicto, aunque el conflicto no exista en los términos en que se lo presenta.
Y otra vez, durante la entrevista, el propio Urtubey vuelve a ordenar la escena. Explica que no hay dos informes institucionales equivalentes, que existe uno solo y que lo demás son interpretaciones. Lo dice con claridad, sin estridencias. Pero el planteo no se corrige. Se mantiene. Se deja flotando.
Como si necesitara que ese conflicto exista, aun cuando ya fue desarmado. Porque en este tipo de construcción, el conflicto no se verifica: se necesita. Y si la realidad no lo provee, se lo sugiere, se lo insinúa, se lo deja correr.
En algún momento, casi sin énfasis, aparece la frase: “el hermano ejecutó la plata”. No explica nada y, sin embargo, sugiere todo. No hay detalles, no hay contexto, no hay precisión. Y nuevamente es Urtubey quien introduce orden, quien explica funciones y marcos administrativos. Pero la frase ya había cumplido su función.
El programa avanza dentro de ese clima. Obras no auditadas que se deslizan hacia la sospecha de inexistencia, faltas de documentación que se sugieren como irregularidades, y un cierre anticipado con tono de destino: “esto seguramente va a ir a la justicia”. No como hipótesis, sino como desenlace.
Lo más llamativo es que cada uno de esos puntos fue corregido, aclarado o contextualizado en la propia entrevista. No después. No en otro ámbito. Ahí mismo. Y sin embargo, el encuadre no se modifica. No se ajusta. No se corrige. Se sostiene.
Y entonces la discusión deja de ser técnica. Porque equivocarse es posible. Pero sostener una premisa aun después de haber sido corregido, explicado y desmentido, ya no es un error: es una forma de construir una realidad paralela.
En ese desplazamiento, el periodismo deja de ser un ejercicio de comprensión y pasa a ser una puesta en escena. Lo importante ya no es lo que se descubre, sino lo que se logra instalar. La verdad queda subordinada al clima; el dato, a la narrativa.
Urtubey lo corrigió en vivo, con datos claros y sin rodeos, pero Peña eligió sostener su versión. La entrevista dejó en evidencia un guion previo donde la corrección no importa y el relato no se negocia.
Al final, lo que queda no es solo lo que dijo Urtubey, sino lo que Mario Peña quiso que el espectador sintiera antes, durante y después de escucharlo. Y esa es, tal vez, la forma más sutil -y más eficaz- de intervenir en la realidad sin hacerse cargo del todo.
