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Salta

¿Por qué se apuró Emiliano Durand?

¿Por qué quemar las etapas de un calendario que todavía no se abrió? La respuesta no hay que buscarla en la vocación de servicio, sino en el mapa del miedo.

Emiliano Durand

SALTA.- (Por Renato Ocampo) Mirar la política salteña por estos días exige abandonar el manual de las declaraciones de ocasión y adentrarse en la psicología del poder. El movimiento que acaba de registrar el sismógrafo político de la Capital es de una enorme elocuencia: Emiliano Durand, que apenas roza el ecuador de su mandato, decidió romper el libreto de la prudencia y lanzar, con una premura que delata su inquietud, su carrera por la reelección para 2027.

El político ortodoxo repite ante cualquier micrófono el viejo dogma de «es muy temprano para hablar de candidaturas, estamos enfocados en la gestión». Sin embargo, Durand pateó el tablero y le confirmó a Mario Peña que buscará un mandato más. ¿Por qué el apuro? ¿Por qué quemar las etapas de un calendario que todavía no se abrió? La respuesta no hay que buscarla en la vocación de servicio, sino en el mapa del miedo. En la política, como nos enseñó Maquiavelo, el que anticipa la jugada muchas veces no está atacando; se está defendiendo.

El «cuerpo extraño» y la frialdad del Grand Bourg

Para entender la neurosis que habita en las oficinas del Centro Cívico Municipal (CCM), es indispensable levantar la mirada hacia las serranías del oeste, precisamente al barrio Grand Bourg. Allí arriba se cocina el verdadero caldo de cultivo de esta reacción alérgica del intendente.

Durand sabe —porque lo huele en el aire, porque se lo dicen los silencios— que para el saencismo de pura cepa, él sigue siendo una amenaza. Un advenedizo exitoso que prestó un servicio electoral enorme al derrotar a Bettina Romero, pero que carece del «grupo sanguíneo» del oficialismo provincial.

Como lo anticipábamos en El Intra, la vieja e insatisfecha aspiración del Grand Bourg de recuperar el control de la Capital para un cuadro químicamente puro dejó de ser una fantasía de pasillo. Hoy es un plan de operaciones en marcha.
Al clausurar tempranamente cualquier aventura provincial con un tajante «no me interesa», Durand intentó tres cosas a la vez: enviar un mensaje de paz a Gustavo Sáenz, asegurándole que no pretende disputarle el sillón principal de la provincia.

También, marcar la cancha hacia adentro de la Capital, avisándole a los propios y a los extraños que el candidato en la ciudad es él y nadie más. Y por sobre todo, romper el cerco de vulnerabilidad que suele rodear a los intendentes capitalinos cuando el poder provincial decide asfixiarlos o buscarles un reemplazo. Sabe perfectamente que Bettina sufrió ese hostigamiento y él fue uno de los responsables de ese desgaste.

Los errores no forzados

Pero la política es un juego de espejos y la debilidad también se alimenta de los errores propios. La prisa de Durand por salir a blindar su candidatura coincide temporalmente con un frente de tormenta doméstico que generó un fuerte cimbronazo en el CCM. Hablamos del controvertido «narcotest» y la sobreactuación mediática de su secretario de Tránsito, Matías Assennato.

En la era del algoritmo y el espectáculo, la gestión municipal creyó encontrar en los operativos de control un insumo perfecto para las redes sociales. El espíritu de la norma era indiscutible: salvar vidas. Pero la implementación derivó en lo que en estas páginas llamamos la «cultura del escrache»: cámaras encendidas, transmisiones en vivo y difusión de rostros a través de medios afines (propios) para exhibir una supuesta ejemplaridad penalizadora.

La realidad, implacable, no tardó en cobrar la factura: un falso positivo en un control de estupefacientes expuso los límites científicos del método. La difusión de la imagen de una automovilista injustamente señalada abrió la puerta a una inminente denuncia judicial contra la comuna y los medios pautados. El costo político impactó de lleno en el despacho del intendente, quien vio cómo una bandera de gestión se transformaba en un búmeran de reprobación pública.

La paradoja del heredero

La aceleración de Emiliano Durand nos deja una lección clásica sobre la dinámica del poder en Salta. El intendente sabe que en política el vacío no existe: si él no se proclamaba candidato, la danza de nombres impulsada desde las oficinas provinciales iba a empezar a vaciarle el poder real en el municipio.

¿Logrará Durand disciplinar a su tropa y obligar al saencismo a aceptar un matrimonio por conveniencia para 2027? Es la gran incógnita. Por ahora, el intendente de la Capital ya eligió su trinchera. Sabe perfectamente que los fantasmas que lo rodean no vienen de la oposición, sino de los mismos pasillos oficiales donde alguna vez se sentó a celebrar su victoria.