SALTA (Por Renato Ocampo).- Existe una ilusión óptica que desvela por estos días a los estrategas del Grand Bourg y a los laboratorios electorales de cara al horizonte, ya no tan lejano, del 2027. Es la vieja y arraigada creencia de que la juventud es una categoría puramente estética, un nicho plástico y maleable al que se le puede hablar con la jerga impostada de las redes sociales o conformar con el viejo asistencialismo de cotillón en los barrios populares. Hay una alarmante miopía en la política de Salta.
Desde la dirigencia local han dejado de entender a los jóvenes porque, fundamentalmente, han dejado de mirar la realidad material en la que esos jóvenes sobreviven. El desencuentro no es un capricho apático ni una rebeldía de manual; es un repliegue táctico, un muro de contención emocional que los chicos levantan entre el desastre colectivo que les dejamos y sus propias vidas.
Mientras la clase política salteña ensaya discursos nostálgicos, la radiografía social sub-20 revela una fractura expuesta: un abrumador setenta y tres por ciento proyecta un futuro positivo para su situación personal y familiar en el corto plazo, pero esa misma masa es la que le da la espalda a la cosa pública, con un setenta por ciento que admite un interés nulo o escaso por la política. El divorcio es absoluto entre la expectativa sobre el destino común del país y la fe ciega que depositan exclusivamente en su propio esfuerzo individual. Es la privatización del futuro.
La arqueología partidaria en la decisión
Cuando se observa el mapa de la oferta partidaria en la provincia, el panorama se vuelve anacrónico, casi arqueológico. Las carteras públicas diseñadas teóricamente para contener a los jóvenes han sido, históricamente, un fracaso rotundo, un simple trampolín para militantes más preocupados por la tarjeta de débito del cargo público que por la formulación de políticas de fondo. La parálisis atraviesa todo el arco ideológico salteño sin distinciones, revelando una llamativa falta de plasticidad.
El radicalismo provinciano exhibe una fisonomía gerontocrática, una estructura analógica y aburrida con un promedio de edad que ronda los sesenta años, incapaz de decodificar el pulso de la época. En el reverso, el sectarismo de la franquicia libertaria local se limita a un puñado de jóvenes fanáticos que repiten, como un eco dócil, los libretos diseñados en los despachos de Buenos Aires por estrategas porteños que de federalismo no entienden absolutamente nada.
Por su parte, el peronismo y sus resabios kirchneristas habitan la vergüenza de sus propias referencias nacionales, quebrados por una interna de viejos zorros del PJ que clausura cualquier renovación.
La izquierda camina totalmente fragmentada, obligando a los nuevos votantes a pecharse en las marchas con los mismos rostros canosos de Claudio Del Plá o Pablo López, mientras que el PRO salteño terminó por desencantar a los conversos que se habían acercado con el ideal de un cambio, devorado por ambiciones corporativas de dirigentes empecinados en conservar el conchabo estatal a cualquier costo.
La degradación del ridículo de la política de Salta
En medio de este vacío de representación, la respuesta de la dirigencia derivó en una de las formas más degradadas de la política. Escondidos detrás de asesores de imagen que confunden la empatía con la métrica del algoritmo, ministros, legisladores y candidatos de todo pelaje ensayan piruetas discursivas en las pantallas.
Vemos así a dirigentes de fuste y madurez biológica impostando bailes ridículos, forzando la jerga del streaming o sometiéndose al escarnio de responder cuestionarios frívolos para simular una frescura que no tienen. El resultado de esa sobreactuación es invariablemente el patetismo. La juventud, provista de un infalible detector de inautenticidad, asiste a esa performance con una mezcla de piedad y desprecio.
Comprenden perfectamente que detrás del gobernante que se sube a la tendencia del día no hay una comprensión de sus angustias, sino el desesperado intento de un analfabeto cultural por mimetizarse con una tribu que lo percibe, con toda justicia, como un intruso de traje y corbata. La técnica reemplazando a la política; el acting sustituyendo a la sustancia.

La ruptura del ascensor social
Para entender el fenómeno del voto púber que ungió a Javier Milei en Salta —un fenómeno que dejó atónita a la dirigencia tradicional—, no hace falta concluir apresuradamente que los jóvenes se volvieron de derecha o que votan por pura bronca antisistémica. Esa es la respuesta perezosa de los que no quieren mirar el bolsillo de los salteños. El conflicto es descarnadamente socioeconómico. En una Argentina donde seis de cada diez jóvenes trabajan en la informalidad, el mítico ascensor social de la educación formal se rompió.
El título educativo ya no promete estabilidad ni progreso, al punto de que la mitad de los chicos siente que la escuela no los preparó para el mundo del trabajo. Ante ese vacío, la juventud migró hacia las economías de la inmediatez: el mercado de las apuestas online, el espejismo de los cursos de trading, la monetización de contenidos privados y la aspiración de ser influencer operan hoy como las únicas vías de escape accesibles en un ecosistema mediado por la pantalla.
Es allí donde ya no se busca la persuasión colectiva que exige retórica y conversación, sino la influencia mercantil y el discurso unidireccional. El algoritmo como el nuevo dador de orden ante la retirada del Estado.
Resulta de una obviedad casi insultante, aunque blindada por la ceguera de los despachos oficiales, que la masa sub-35 no demanda el enésimo festival de la juventud con bandas locales de fondo, ni esos cursos exprés de liderazgo atendidos por oradores de dudosa alfabetización y rigurosidad intelectual que saturan las gacetillas municipales.
El drama de una generación que sobrevive en la banquina de la informalidad laboral no se sutura con cosmética recreativa, sino con la apertura de oportunidades estructurales y reales en el mundo del trabajo.
Pensar que el desencanto y la desconfianza sistémica de los pibes se resuelven inaugurando una sede partidaria pintada con consignas de moda, reconvertida los sábados por la tarde en un búnker para ir a cambiar figuritas del mundial bajo el pretexto de la contención social, no es solo subestimar el intelecto de los jóvenes; es la prueba más palmaria de una dirigencia que, frente al abismo generacional, ha decidido entregarse de lleno a la frivolidad del cotillón electoral.
El dilema del 2027
El gran desafío para la carrera electoral del 2027, por lo tanto, no consistirá en el diseño de una «agenda de juventudes» aislada de la realidad, tratada como un nicho de laboratorio como si los pibes nacieran de un repollo conceptual. Al revisar las preocupaciones de las nuevas generaciones, el reclamo es descarnadamente básico y urgente: pobreza, desempleo, acceso real a la salud pública y una educación que verdaderamente sirva para ganarse el pan. No demandan consignas ideológicas abstractas ni debates nostálgicos sobre la historia reciente.
El desafío de la dirigencia salteña es mucho más complejo y, a la vez, elemental: deben demostrar que la política todavía sirve para modificar la base material de la existencia y mejorar, aunque sea un poco, las condiciones en las que estas generaciones pluriempleadas y ultra ansiosas están obligadas a vivir.
Mientras el poder insista en hablarle a un espejo vacío o pretenda solucionar con un reels lo que se destruyó en la economía real, la juventud continuará profundizando su exilio silencioso. Seguirán buscando la salvación de manera individual, dejando a la clase política en la más absoluta, y patética, de las soledades.
