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José de Álzaga

Infieles por paloma mensajera: Emiliano Durand, Gustavo Sáenz y la plaza Gurruchaga

Desde San Isidro, José de Álzaga descubre que Emiliano Durand licita arreglos en la plaza Gurruchaga por casi tres millones de dólares.

Emiliano Durand y su obra majestuosa: la Plaza Gurruchaga
Emiliano Durand

(Por José de Álzaga).- Amigo lector: Sigo en San Isidro. Los médicos de la familia -que son tres y no coinciden en nada- me recetaron reposo, caldo de gallina y abstinencia absoluta de noticias del norte argentino. Cumplí con el caldo. Con el reposo, a medias. Con las noticias, ni un minuto: un caballero puede renunciar al tabaco, al bridge de los jueves y hasta a ciertas amistades, pero no a la indignación, que a mi edad es lo único que todavía hace circular la sangre.

Lo confieso: no me repuse del esperpento sanjuanino. Federico Posadas -ese ministro capaz de contar los pernoctes con decimales- fue interrogado por los pagos del Estado a su propia mujer y respondió con una frase que debería grabarse en el mármol de todos los ministerios del país: «Es posible porque tengo poca memoria». Pasé dos noches rumiándola. Un hombre que no olvida una fracción de turista pero olvida a quién le pagó el erario no es un desmemoriado: es un contador selectivo.

En eso estaba, recuperando el color con una copa de Quinta do Noval Nacional 2011, ese oporto que los entendidos nombran en voz baja -como a los santos y a las amantes-, cuando se posó en el alféizar de la biblioteca una paloma mensajera con un papelito atado a la pata. La mandaba mi amigo salteño -colombófilo y vecino también-, que vive a pocas cuadras y podría llamarme por teléfono, pero tiene una diversión más refinada: contarme sus infidelidades por palomas mensajeras. Sostiene que los celulares los revisa su mujer y las palomas no.

Así, cada tanto, me llega por el aire el parte de sus conquistas, escrito con la minuciosidad de un escribano y la modestia de un pavo real. Mi amigo es fiel a Salta, a su club y a sus palomas; a su mujer, bastante menos. Yo lo leo con la indulgencia de quien ya colgó los guantes y la envidia de quien nunca terminó de colgarlos. Esta vez, después de la fémina de turno y de una posdata sobre la siguiente, venía una tercera hoja con el dato salteño.

Y hablando de infieles, era una nota de El Intra sobre la plaza Gurruchaga del princeso Emiliano Durand, que en materia de fidelidad no tiene nada que envidiarle a mi amigo: le jura lealtad eterna a Gustavo «Botita» Sáenz mientras le toma las medidas al sillón del gobernador y conversa -a media luz, como corresponde a todo amante- con sus enemigos. En esa plaza el princeso pone $4.575 millones. Casi tres millones de dólares. Por una plaza. Con Sáenz, al menos, disimula; con la plata de los vecinos ni siquiera se toma ese trabajo.

Me serví otra copa e hice la cuenta dos veces -como me enseñó mi abuelo, que desconfiaba de los números redondos y de los intendentes jóvenes-. Con lo que cuesta esa plaza se levantan 61 viviendas sociales: sesenta y una familias que esperan techo, a cambio de bancos nuevos y canteros prolijos para la foto. Dirán que la obra incluye desagües, y nadie en su sano juicio se opone a que la ciudad deje de nadar cada verano. Pero nadie explicó cuánto va a los caños, cuánto a los canteros y cuánto a vaya uno a saber. Los iniciados entenderán; los demás, que pregunten.

La misma plaza ya tuvo hace dos años su obra de desagüe, por una suma ochenta y seis veces menor, y ni la inflación argentina -artista consumada del desborde- alcanza para explicar semejante salto. La licitación -conviene decirlo- se informó: el princeso no la esconde. Lo que no explica es por qué paga tanto, y todavía no sabemos a quién. Tampoco es un rayo en cielo sereno: en dos años y medio, el municipio repartió obra pública por más de USD 41 millones entre trece empresas, y cinco se quedaron con casi dos de cada tres dólares. Trece invitados a la mesa y cinco que se comen el lechón. Los ocho restantes roen el hueso y los vecinos -que pagan el banquete- ni siquiera pasan de la cocina. En la casona de mi abuelo eso se llamaba mala educación; en la Municipalidad lo llaman gestión.

Dos provincias, dos funcionarios jóvenes, una misma dolencia: en Jujuy, un ministro que no recuerda los contratos de su alcoba; en Salta, un intendente que anuncia cuánto paga pero no explica por qué ni dice a quién. Uno tiene poca memoria; el otro, poco pudor. El mismo hombre que manda inspectores contra el placero por un metro de vereda firma sin pestañear casi tres millones de dólares para una plaza: severo con el que vende empanadas, generoso con el que vende obras. ¡Vos, Emiliano, que le contás las baldosas al vecino y no le rendís cuentas de las tuyas!

Cae la noche sobre San Isidro. Devuelvo la paloma a su dueño con una sola línea atada a la pata: que en materia de infidelidades no se agrande, porque el princeso le lleva años de ventaja: él engaña nada menos que a Gustavo Sáenz, y a plena luz del día. Me sirvo otra copa del Noval Nacional -unos mil quinientos dólares la botella, que a esta hora ya va por la mitad y sabe a higos, a tabaco y a revancha- y bajo del estante a Suetonio. Augusto se jactaba de haber recibido una Roma de ladrillo y de dejarla de mármol: «Marmoream se relinquere, quam latericiam accepisset». Para el vulgo: que dejaba de mármol la ciudad que había recibido de ladrillo. Durand ensaya la hazaña al revés: recibe una ciudad que pide ladrillos para sesenta y una casas y le deja mármol para una plaza. Os dejo, Emiliano, con vuestra plaza. El día que cortéis la cinta, entre fotógrafos y aplaudidores de nómina, levantad la vista hacia las veredas: allí, sin invitación y sin techo, estarán las sesenta y una familias que pagaron cada baldosa. Los monumentos a la vanidad -ya lo aprenderéis- nunca tienen público: sólo acreedores.

Hasta la próxima.-

José De Álzaga
Josedealzaga@elintransigente.com

Nació el 25 de mayo de 1955. Egresó con el Título de Licenciado en Historia de la Universidad de El Salvador. Cursó luego la Licenciatura en Filosofía en la Universidad de Navarra, España. Ejerció la docencia en prestigiosos colegios de la Ciudad de Buenos Aires. Posee títulos de posgrado otorgados por la Universidad de Boston. Actualmente, está dedicado a la investigación del impacto social de las ideas posmodernas en la Cultura Occidental.