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Opinión

Bernardo Biella y sus “diferencias morales” para tapar las culpas de ser otro diputado libertario

Su sacrificio moral, tan publicitado en redes sociales y gacetillas cuidadosamente editadas, quedó reducido a un inocuo gesto para la tribuna que no alteró ni una partida presupuestaria ni una línea discursiva del gobierno que dice enfrentar desde la dignidad.

Bernardo Biella

SALTA.- (Por Diego Nofal) En el tablero de la política salteña, pocas coreografías resultan tan fascinantes como la del diputado Bernardo Biella, quien descubrió que la conciencia moral también puede ejercitarse sin consecuencias reales. El legislador ensayó recientemente tres gestos de independencia que la narrativa oficialista local intentó vender como pruebas irrefutables de una autonomía inquebrantable frente a los dictados de Javier Milei, aunque la letra chica revele una historia mucho más conveniente y menos heroica para quien observe con atención.

Biella marcó distancia en el ajuste a las universidades públicas, en la modificación del régimen de zonas frías y en la fallida interpelación al vocero presidencial Manuel Adorni, tres escenarios donde su voto disidente fue exhibido como un acto de valentía principista. La realidad numérica del recinto, sin embargo, desnuda el valor puramente cosmético de esa rebeldía porque en los tres casos el oficialismo nacional cosechaba holgadamente los respaldos necesarios para imponer su voluntad sin que la postura del salteño modificara una sola coma del resultado final. Su sacrificio moral, tan publicitado en redes sociales y gacetillas cuidadosamente editadas, quedó reducido a un inocuo gesto para la tribuna que no alteró ni una partida presupuestaria ni una línea discursiva del gobierno que dice enfrentar desde la dignidad.

La construcción de ese perfil disidente funciona como un biombo ético que tapa con prolijidad las vergüenzas de un alineamiento mucho más profundo y sustancial con la agenda libertaria en todas aquellas votaciones donde el Ejecutivo verdaderamente se jugaba la gobernabilidad y el rumbo económico del país. Mientras el diputado posaba de francotirador moral en los temas que podía perder sin costo, acompañaba disciplinadamente la Reforma Laboral, el Presupuesto nacional, la cuestionada modificación de la Ley de Glaciares y la llamada Ley de Hojarasca con una lealtad que ya quisieran los propios militantes de La Libertad Avanza. El verdadero termómetro de la pertenencia política nunca estuvo en las derrotas permitidas sino en esas victorias fundamentales donde el Gobierno no admitía fisuras y donde Biella jamás se corrió del libreto oficialista.

Resulta particularmente ilustrativo el apoyo sin matices que el legislador salteño brindó al acuerdo con los denominados fondos buitre y al mega proyecto del Régimen de Incentivo para Grandes Inversiones, más conocido como súper RIGI, que condensa el corazón ideológico del mileísmo en materia de desregulación y beneficios extraordinarios al capital concentrado. Estas iniciativas representan la columna vertebral del programa económico que el propio Biella fustigaba durante la campaña electoral con críticas que iban desde lo conceptual hasta lo visceral, prometiendo a sus votantes una oposición responsable que nunca llegó a materializarse cuando llegó la hora de levantar la mano en el recinto.

El postureo de diferenciación moral, tan meticulosamente calibrado, no alcanza para disimular la evidencia de que seguimos frente a otro diputado libertario con plena funcionalidad al esquema de poder que conduce el Presidente desde Balcarce 50 y sus obsesivas redes sociales. Aquellas banderas de campaña donde denunciaba el ajuste feroz y la entrega del patrimonio nacional se fueron decolorando en un proceso de adaptación que la ciencia política debería estudiar como un caso paradigmático de metamorfosis discursiva sin escalas éticas, donde el pragmatismo de pertenecer al oficialismo devora cualquier vestigio de coherencia anterior.

La estrategia de permitir pequeñas escenificaciones de disenso inocuo no es nueva en la política argentina, pero en el caso de Biella alcanza niveles de sofisticación dignos de un manual sobre cómo fingir independencia mientras se garantiza la gobernabilidad del espacio propio. El Gobierno nacional entiende perfectamente el valor de estos desmarques controlados porque oxigenan la imagen de sus aliados en distritos donde el sello mileísta puro todavía genera resquemores en una porción considerable del electorado que prefiere creer en la existencia de matices dentro de la marea violeta.

Los votantes salteños que confiaron en un representante autónomo con verdadera vocación de control republicano deberán aceptar que su diputado solo ejerce la disidencia en aquellos debates que no definen nada ni comprometen el núcleo duro del programa libertario, una modalidad de rebeldía selectiva que el propio Gobierno celebra en privado. La doble vara moral se ha convertido en la especialidad del legislador salteño, quien descubrió que tres votos perdidos a propósito compran la ilusión de independencia necesaria para disimular decenas de acompañamientos clave que consolidan el modelo que prometió combatir.

La ciudadanía merece una honestidad brutal en tiempos donde la hipocresía política se viste con el ropaje de la conciencia individual para seguir obedeciendo sin chistar las órdenes del poder de turno, que mientras Biella ensaya sus coreografías de falsa autonomía se fortalece con cada voto útil que el diputado le regala en penumbras. La diferencia moral quedó oficialmente inaugurada como la nueva categoría de la política provincial, esa que permite criticar de día lo que se vota de noche y volver al distrito con el rostro impávido de quien cree haber cumplido un mandato transformador.

La verdad debe contarse entera, siempre. Para aportar información, puteadas y amenazas diegonofal@gmail.com
X @turconofal.

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