(BUENOS AIRES).- POR José de Álzaga.- Amigo Lector: Apenas cuarenta y ocho horas han pasado desde que abandoné Tokio. Lo hice desde Narita en la primera clase de Emirates, vía Dubái, buena parte del viaje enfundado en ese decoroso pijama que la compañía entrega a quienes viajamos adelante, absolutamente ajeno todavía a que el gobernador de Salta, Gustavo Sáenz, y Ricky Maravilla conseguirían perturbar mi regreso. Como sabéis quienes conocéis mis costumbres, después de un viaje largo jamás vuelvo directamente a la casona de San Isidro: los astronautas tienen sus cámaras de descompresión; yo tengo el Palacio Duhau. Allí permanezco entre cuarenta y ocho y setenta y dos horas antes de reincorporarme a mis caballos, mi biblioteca, mis palomas mensajeras y demás obligaciones domésticas. Pasar de Tokio a casa sin escalas me parece tan imprudente como pasar de un Krug a un tetra brick sin agua mediante.
Fue precisamente durante esta cuarentena de civilización cuando, después de almorzar en el Duhau, caminé hacia el pequeño santuario donde un conocido mío se ocupa desde hace años de mis zapatos y botas. Aquel artesano —hombre prudente, de esos que conocen más secretos mirando los talones que un confesor escuchando pecados— me recordó que por allí también pasan las botas de Gustavo “Botita” Sáenz, gobernador de Salta, provincia que conocí cuando todavía el milagro consistía en gobernarla sin necesidad de cantar.
Esta persona conoce esas ingenierías destinadas a reconciliar al hombre con las injusticias verticales de la Mater Natura. No entraré en detalles sobre cámaras de aire, interiores ni elevaciones porque un caballero jamás revela los secretos de otro, menos todavía si se encuentran por debajo del tobillo. Diré solamente que comprendí entonces la profundidad del apodo “Botita”. Hay sobrenombres que nacen del ingenio popular; otros, aparentemente, necesitan artesanía.
A escasos metros, casi al codo del cortinado de una camisería de gente bien donde todavía se practica la civilizada costumbre de bordar las iniciales del propietario, se hace confeccionar las camisas otro gobernador: Raúl Jalil, el bereber de Catamarca. Confieso que la noticia me produjo cierta ternura. Hay hombres que creen que el señorío puede encargarse a medida, con cuello italiano, puño doble y monograma sobre algodón egipcio. ¡Cándidos! Mi padre sostenía que un buen sastre podía disimular una barriga, jamás una procedencia espiritual. Jalil podrá bordarse hasta el escudo de Catamarca en los puños, pero hay metamorfosis que ni la mejor camisería consigue realizar. Para no ofender al pobre me ampararé en el viejo refrán, diré simplemente: por más que se vista de seda, bereber queda.
Ricky canta; “Botita” Sáenz también
Pensaba en estas cosas cuando apareció en mi teléfono una imagen que consiguió devolverme aquella vieja dolencia que los médicos diagnosticaron como “corteza irritable”: Gustavo “Botita” Sáenz, micrófono en mano, compartiendo escenario con Ricky Maravilla. Ocurrió en la cima del cerro Ala Delta, en Salta, donde acababan de inaugurar una plaza y una escultura en homenaje al cantante. Durante unos segundos no supe cuál de los dos era el homenajeado.
Nada tengo contra Ricky Maravilla. Dios me libre. El hombre lleva décadas haciendo exactamente aquello para lo que fue llamado a este mundo y jamás pretendió ser Séneca. Mi inconveniente comienza cuando el Gobernador de la provincia que dio a Güemes considera indispensable acompañarlo. Ricky cantando es Ricky trabajando. Gustavo “Botita” cantando es otra rama de las ciencias sociales.
Una cosa es gobernar y otra convertir cada acto público en una cruza entre inauguración provincial, cumpleaños de quince y festival de la empanada. Al final uno contempla un micrófono en manos de un gobernador y añora aquellos tiempos en que los mandatarios se conformaban con pronunciar discursos aburridos. ¡Qué extraordinariamente aristocrático parece hoy el tedio!
Doce años para “Botita” Sáenz
Sin embargo, he decidido defender a “Botita” Sáenz. Sí, habéis leído correctamente. Me pronuncio a favor de que Gustavo Sáenz tenga doce años para desarrollar plenamente sus facultades. No sé qué dirán la Constitución, los constitucionalistas, los exégetas y esa manga de alcahuetes que descubre interpretaciones jurídicas cada vez que un gobernador necesita una. La Constitución actual es bastante menos generosa: cuatro años y una sola reelección consecutiva. Peor todavía para mi causa. Pero antes debe ganar como sus antecesores.
Porque aquí existe una injusticia histórica. El Júcaro, Juan Carlos Romero para los no iniciados, dispuso de doce años. El Joven Maravilla, Juan Manuel Urtubey, también gobernó durante doce. ¿Por qué “Botita” Sáenz habría de recibir solamente ocho? Necesitamos idéntico plazo para medirlos con la misma vara, aunque tratándose de Gustavo Sáenz y de su estatura —en más de un sentido— encontrar la vara adecuada será una tarea delicada. La dificultad adicional es deliciosa: fue el propio Sáenz quien impulsó la reforma de 2021 que cerró la puerta a un tercer mandato consecutivo. ¡Qué manía tienen los políticos jóvenes de legislar contra las necesidades de los políticos que serán unos años después!
Tal vez cuatro años adicionales permitan descubrir hasta dónde puede llegar esta nueva estética del poder. Ya hemos tenido gobernador cantante, homenajes de acero y fotografías suficientes para empapelar el Valle de Lerma. Faltaría verlo dirigiendo una murga desde Grand Bourg o acompañando a Los Tekis con un charango. No deis ideas, por favor.
Lo curioso es que Gustavo “Botita” no necesita estas cosas. Tiene cintura, supervivencia, picardía y una intuición política que varios de sus adversarios cambiarían gustosos por sus bibliotecas completas. Pero padece ese vicio contemporáneo de creer que la cercanía con el pueblo exige parecerse a todo aquello que el pueblo consume. Un gobernador puede disfrutar de Ricky Maravilla; también puede comer mortadela en camisón. La civilización consiste, entre otras cosas, en saber qué actividades no requieren fotógrafo.
Esta noche, antes de abandonar mi cámara de descompresión, pasaré nuevamente por el hombre de las botas. Quizá convenga encargar cámaras de aire para toda la política argentina, que lleva décadas intentando parecer más alta de lo que realmente es. Si además encuentro al bereber Jalil recogiendo sus camisas bordadas, no intentaré disuadirlo: el algodón egipcio hace maravillas con la piel; con el abolengo todavía no se conocen resultados.
Me sentaré finalmente en el bar del Duhau, pediré un Louis XIII de Rémy Martin y brindaré por Ricky Maravilla, que continúa haciendo dignamente su trabajo, y por Gustavo “Botita” Sáenz, a quien deseo sinceramente otros cuatro años de escenario para completar la comparación histórica.
Mientras el coñac encuentre su temperatura y alguna donosa criatura atraviese el salón devolviéndome por un instante la fe en la Creación, recordaré aquella sentencia de Baltasar Gracián: “Lo bueno, si es breve, es dos veces bueno”. Perdonadme, Gustavo “Botita”. En vuestro caso, acabo de pedir exactamente lo contrario.
Hasta la próxima.-