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José de Álzaga

Emiliano Durand: el princeso municipal que gobierna frente al espejo

Una mirada mordaz sobre el intendente que convirtió la gestión municipal en un espectáculo personal.

Emiliano Durand
Emiliano Durand

(SALTA).- Por José de Álzaga.- Amigo Lector: conociendo mi antiguo amor por Salta —tierra de milagros, procesiones y pecados decorosamente ocultos—, un viejo amigo tuvo la generosidad de invitarme a pasar las semanas religiosas del Milagro en su residencia de Finca La Montaña. No sospechaba entonces que acabaría oyendo hablar más de Emiliano Durand, el princeso municipal, que de santos y procesiones. Llegué después de una larga temporada entre Europa y el Lejano Oriente, fatigado de aerolíneas que prometen puntualidad, mujeres que juran no enamorarse y gobiernos que aseguran no robar. Con los años he aprendido que las tres promesas duran aproximadamente lo mismo.

Finca La Montaña conserva esa clase de elegancia que no necesita alabarse: caballos peruanos, platería antigua, criados discretos y largas galerías abiertas a un paisaje que vuelve innecesaria cualquier ostentación. Por algo la eligió para vivir Robustiano Patrón Costas. Todo era sosiego, buen gusto y cierta grandeza perdida hasta que, entrando y saliendo, me crucé con Karina Celia Vázquez Bustelo, más conocida como Karen Reichardt, quien venía de casa de Carlos Zapata. Nadie, ni siquiera una mujer hermosa, sale enteramente ileso de semejante domicilio: Zapata ha conseguido que la mediocridad parezca una enfermedad transmisible.

Durante la comida, una dama bellísima —casada, desde luego; las solteras suelen carecer de conversación— me preguntó si todos los políticos mentían con la desenvoltura de Durand. Le respondí que no: algunos dicen la verdad por equivocación y pasan el resto de sus carreras procurando que nadie vuelva a recordarla. Ella rozó mi mano por debajo de la mesa; nunca supe si celebraba la respuesta o comenzaba otra conversación.

Después de la comida, mientras jugábamos una partida de bridge, mi anfitrión volvió sobre Emiliano Durand. Yo conocía al intendente por esas fotografías oficiales en las que siempre parece estar inaugurándose a sí mismo, pero ignoraba los detalles de su carácter y de su gobierno. Mi amigo dejó las cartas sobre la mesa, sirvió otra copa y resumió el fenómeno con una palabra que, según me aseguró, ya circulaba por los salones de Salta: «el princeso».

Narciso llega a la Municipalidad

Emiliano Durand es soberbio, obsesivo, rencoroso y cuidadosamente restaurado. Malas lenguas —y ojos que no saben distinguir el colágeno de la devoción republicana— hablan de sus labios, del bótox y de otras perseverancias cosméticas. Nada tengo contra ellas: cada hombre combate el paso del tiempo con las armas que encuentra. Lo preocupante es que haya decidido aplicarle a Salta el mismo tratamiento: estirar la superficie, paralizar cualquier expresión de descontento y confiar en que nadie pregunte qué ocurre debajo.

El princeso exhibe su vida familiar con el esmero de un comerciante que conoce las averías de su mercadería. Gustoso de las fiestas electrónicas, procura que la noche jamás perjudique la fotografía de la mañana; desde que llegó a la Intendencia también descubrió una repentina afición por los viajes. Nada reprocho a quien baila o recorre el mundo: yo he consagrado buena parte de mi vida a ambas disciplinas. La diferencia es que nunca pretendí presentarlas como una forma de gobierno.

Su gran especialidad política es la impostura. Se proclama austero mientras multiplica cámaras; dice defender al trabajador, pero le quita el empleo, le decomisa la mercadería y hasta le arrebata el derecho a ganarse el día. Promete escuchar al vecino cuando ya ha decidido por él. Es un Narciso de ordenanza, un petimetre fiscal, un pequeño Bonaparte de las hamacas. Recorre plazas, inspecciona placeros y vigila árboles con la solemnidad de quien sospecha que cada lapacho oculta una conspiración y cada vendedor ambulante prepara un golpe de Estado.

Lo escuché definirse como «muy manija». Confieso que ignoraba el valor institucional de la expresión. En Oxford jamás la oí y en París solo conocí un equivalente entre ciertos corredores de apuestas, aplicado a caballos que parten con enorme entusiasmo sin saber exactamente hacia dónde corren. Durand la presenta como prueba de laboriosidad, cuando en realidad no es más que la coartada verbal de una agitación estéril: se mueve tanto alrededor de sí mismo que ha terminado confundiendo la velocidad con el rumbo, el ruido con la gestión y el cansancio ajeno con una obra de gobierno.

El problema no es solamente que haga poco, sino que presenta cada pequeñez como si acabara de dirigir el desembarco de Normandía. Un puesto de sándwiches desalojado, una garita instalada, un placero instruido en jardinería o un megáfono provisto de inteligencia artificial adquieren en su relato proporciones épicas. Salta conserva calles donde un automóvil puede desaparecer sin dejar herederos, pero sus plazas ya cuentan con artefactos capaces de reprender electrónicamente a los sobrevivientes.

Las obras hablan, pero el cartel tiene su rostro

Recuerdo haber leído unas declaraciones suyas frente al Concejo Deliberante. En marzo de 2025 aseguró: «Yo no necesito llenar la ciudad con carteles con mi imagen. Las obras deben hablar por sí mismas». Este año apareció sobre la Ruta 68 un enorme cartel municipal con su rostro y una concejal pidió retirarlo por un presunto incumplimiento de la ordenanza de ética pública. Embustero, impostor, desertor de su propia palabra y aventajado alumno de todos los vicios que asegura combatir, Durand resume lo más rancio de la vieja política bajo un envoltorio juvenil.

No vino a renovar nada: apenas modernizó el desprecio. A quienes tienen educación, influencia o medios para responderle los trata con prudencia; a los pobres los subestima con zapatillas, palabras frescas y videos de redes, convencido de que la familiaridad puede reemplazar al respeto y un «changuito» bien pronunciado alcanza para disimular el atropello. Salta no merece semejante personaje. Sospecho que los Durand tampoco.

Con las fotomultas ejecutó una pirueta todavía más vistosa. Durante la campaña las denunció como «un negocio para pocos»; una vez sentado en el despacho municipal, conservó el sistema y triplicó las cámaras. La moral del princeso posee una sencillez admirable: cuando el negocio estaba en manos ajenas era un negociado; cuando quedó bajo su administración pasó a llamarse seguridad vial. No cambió el sistema. Cambió el beneficiario político del negocio.

Prometió bajar los impuestos y los aumentó más de un ochocientos por ciento. No fue una contradicción: fue una emboscada. En algunas facturas, el municipio ya se queda con más de la mitad de lo que paga el vecino. Producir, transportar y distribuir electricidad parece resultar más barato que mantener «manija» a Durand, sostener a su corte de funcionarios opulentamente remunerados y alimentar a la legión de ñoquis que encontró refugio bajo el presupuesto municipal. Después llamó a uno de sus programas «Menos impuestos». María Antonieta, al menos, tuvo la decencia de no bautizar «Más y mejor vida» a la guillotina.

Después quiso avanzar sobre el histórico Colegio Nacional para construir un estacionamiento que nadie le había pedido. Él decidió que hacía falta. Él decidió dónde hacerlo. Él decidió que los demás debían agradecerle. Solo retrocedió cuando el escándalo comenzó a amenazar esa imagen que cuida con bastante más dedicación que la ciudad. Extraño fanatismo por su propia estampa. En fin. Emiliano Durand escucha, desde luego, pero únicamente cuando el grito puede costarle votos. Hasta entonces, el diálogo consiste en que él habla y los pobres obedecen.

Con los débiles despliega cámaras, inspectores, decomisos y megáfonos; ante Gustavo «Botita» Sáenz, en cambio, el pequeño César municipal pierde las sandalias. Le teme con esa intensidad que los cortesanos llaman respeto institucional. El hombre que persigue vendedores, disciplina placeros y multa automovilistas se vuelve súbitamente en un eunuco del coraje cuando aparece quien verdaderamente manda. Todo tirano de cantero termina encontrando un jardinero al que obedecer.

Al caer la tarde salí a cabalgar por Loma Balcón con mi amigo Enrique Cornejo. Desde allí, Salta recuperaba la dignidad que sus políticos se empeñan en administrarle: los cerros violetas, el valle en silencio y la ciudad reducida a una distancia prudente. Enrique abrió una petaca de plata con The Macallan 72 Years in Lalique y bebimos mientras los caballos emprendían el regreso. Recordé entonces a Heráclito: «El carácter es el destino». El de Salta será sobrevivir; el de Durand, posar junto a las ruinas convencido de que las construyó.

Hasta la próxima.-

José De Álzaga

Josedealzaga@elintransigente.com

* Nació el 25 de mayo de 1955. Egresó con el Título de Licenciado en Historia de la Universidad de El Salvador. Cursó luego la Licenciatura en Filosofía en la Universidad de Navarra, España. Ejerció la docencia en prestigiosos Colegios de la Ciudad de Buenos Aires. Posee títulos de posgrado otorgados por la Universidad de Boston. Actualmente está dedicado a la investigación del impacto social de las ideas posmodernas en la Cultura Occidental.