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José de Álzaga

Marocco, las camisetas en inglés y el pan de ayer: las revelaciones de un vicegobernador

Una camiseta, una vidriera y el pan que ya no alcanza.

Antonio Marocco
Antonio Marocco

(Por José de Álzaga).- Amigo Lector: transcurridos tres días desde mi regreso de Londres, he logrado finalmente aclimatarme a la apacible existencia de mi residencia en Lomas de San Isidro. La exposición de vinos me dejó una certeza: hemos conseguido que el mundo beba Malbec, pero todavía debemos enseñarle que también sabemos elaborar Cabernet Sauvignon, cepa bastante menos necesitada de propaganda. De British Airways conservo el recuerdo de una azafata cuya elegancia habría hecho perder la compostura a un lord de Windsor. Apenas repuesto de tan gratas impresiones, tropiezo con las revelaciones del provecto Antonio Marocco, quien descubrió que Salta era internacional al encontrar unas remeras escritas en inglés. ¡Marco Polo necesitó veinticuatro años para conocer Oriente; a nuestro ilustre balerista le bastaron dos cuadras y una vidriera!

Lo que me estremece la silla turca es que nuestro vetusto vicegobernador considerara semejante excursión digna de una columna periodística. Imagino a sus nietecillos escuchando al abuelo Antonio contar las aventuras de una remera que hablaba inglés. Andersen escribió La sirenita, los Grimm nos legaron Blancanieves y Marocco aporta El misterio de la camiseta bilingüe. ¡Qué prodigio literario! A cierta edad, los caballeros escriben memorias o entretienen a sus nietos. Nuestro venerable narrador hace ambas cosas, con la particularidad de que sus cuentos los financia el erario público.

Siempre me han fascinado los hombres que se detienen ante las vidrieras de París, Milán o Tokio. Pero jamás imaginé que una vidriera de cocoliche en la calle Caseros de Salta pudiera provocar semejante revelación geopolítica. Mientras Marocco descubre una provincia que seduce al mundo, los salteños han comenzado a comprar el pan de ayer, vendido a mitad de precio, según el presidente de la Cámara de Panaderos. ¡Qué maravilla! El viejo Antonio descubre que Salta tiene futuro justo cuando sus vecinos descubren que no les alcanza para comprar el pan fresco. Hay que reconocerle un talento: pocos políticos consiguen estar tan cerca de la realidad y tan lejos de enterarse.

¡Válgame Dios! No se me ocurriría imputarle a Marocco la decadencia del desayuno salteño, pues semejante responsabilidad excedería largamente sus facultades conocidas. Pero mirad a estos mandarines del poder, embriagados con los millones del litio, las delegaciones orientales y las promesas de opulencia, mientras la plebe hace cuentas para comprar una hogaza. ¡Qué portentosa habilidad para administrar el porvenir sin enterarse del presente! Si la prosperidad pudiera decretarse mediante discursos, nuestro Antonio sería el Rothschild de los Andes. Lástima que los panaderos todavía no acepten promesas oficiales como moneda de curso legal.

Viene a mi memoria una deliciosa inglesa que conocí en el Claridge’s, poseedora de unas piernas interminables, cintura de avispa y un escote tan generoso que habría puesto en aprietos el celibato de todo el Colegio Cardenalicio. Entre dos copas de champagne me confió que la política era el único oficio donde la incompetencia podía convertirse en antigüedad. ¡Sapientísima criatura! De haber conocido a nuestro Antonio, habría exigido incorporarlo al Museo Británico, no por sus servicios a la humanidad, sino por constituir una rareza arqueológica: un ejemplar que lleva medio siglo viviendo del Estado y todavía se sorprende de que existan turistas.

Hay hombres que a cierta edad descubren el amor, otros descubren que sus hijos no los soportan y algunos, los más afortunados, descubren el placer de quedarse callados. Marocco ha preferido descubrir una camiseta. Y no cualquier camiseta: una que tenía palabras en inglés. Imagino la emoción del hombre, el corazón acelerado, las manos temblorosas ante semejante acontecimiento. Lo verdaderamente conmovedor es que nadie tuvo el coraje de explicarle que aquello no era una señal del destino, sino una tienda para turistas. A Antonio deberían regalarle un pasaporte y un atlas. Aunque sospecho que terminaría escribiendo una columna sobre el extraordinario invento de las fronteras.

Nunca he desconfiado del dinero extranjero. Por el contrario, siempre me ha parecido una excelente costumbre que los extranjeros traigan sus millones y, si es posible, los gasten entre nosotros. Una vez, un jeque en Montecarlo me explicó que podía mantener cuatro esposas porque tenía petróleo. Le respondí que yo apenas podía soportar una conversación matrimonial sin necesitar champagne. Pero volvamos a Salta. Allí los funcionarios anuncian inversiones fabulosas con una felicidad que sería contagiosa si no fuera porque, según los panaderos, hay clientes que ya compran el pan de ayer. Quizás Marocco debería invitar a sus inversores a desayunar. Eso sí, que traigan efectivo: las promesas todavía no alcanzan para una docena de facturas del día.

Un amigo decía que la vejez tenía una ventaja extraordinaria: permitía hacer el ridículo sin que nadie se atreviera a señalarlo. Pienso en nuestro Antonio, que hace unos días, mientras estaba a cargo de la Gobernación, apareció en Instagram jugando al balero. Ahora escribe sobre camisetas para turistas. Confieso que empiezo a sentir cierta curiosidad por su próxima aventura. ¿Aprenderá a remontar un barrilete? ¿Descubrirá que las palomas comen migas? Lo inquietante no es que un hombre conserve intactas sus distracciones infantiles. Lo inquietante es que uno comienza a sospechar que la provincia ha terminado financiándole su segunda infancia.

La noche se ha instalado sobre los jardines de mi residencia en San Isidro. Me sirvo una segunda copa de Masseto 2016, ese prodigio italiano cuyo precio algunos funcionarios confundirían con un sueldo modesto. El vino tiene la deliciosa impertinencia de convocar mujeres que uno no ha invitado. Esta noche se me aparece una dama de la política salteña, de elegancia perturbadora, sonrisa peligrosa y una vocación por los viajes que despierta en mí deseos de perder el pasaporte. No revelaré su nombre. Un caballero jamás compromete a una dama. Pero dejemos las tentaciones de la carne y regresemos a Antonio Marocco y sus calamidades políticas, que tienen la particularidad de envejecer sin adquirir sabiduría. Mi ilustre abuela, por la rama húmeda de la familia —distinción genealógica que los criadores de ganado comprenderán mejor que los heraldistas—, solía sentenciar que la vejez no era una desgracia; la desgracia era llegar a ella sin haber aprendido nada. Quizás Antonio debería abandonar por un momento sus paseos por la calle Caseros y entrar en una panadería. Allí descubriría algo verdaderamente internacional: que el hambre no necesita traducción. Y que, a diferencia de las camisetas, las necesidades de los salteños no están escritas en inglés. ¡Hasta la próxima!

José de Álzaga
Correo: Josedealzaga@elintransigente.com

* Nació el 25 de mayo de 1955. Egresó con el Título de Licenciado en Historia de la Universidad de El Salvador. Cursó luego la Licenciatura en Filosofía en la Universidad de Navarra, España. Ejerció la docencia en prestigiosos colegios de la Ciudad de Buenos Aires. Posee títulos de posgrado otorgados por la Universidad de Boston. Actualmente, está dedicado a la investigación del impacto social de las ideas posmodernas en la Cultura Occidental.