(SALTA).- (Por Diego Nofal).- Las declaraciones de Antonio Marocco en las que reivindicó a Cristina Kirchner y expresó coincidencias con Axel Kicillof, mientras continúa integrando el gobierno de Gustavo Sáenz, configuran un ejercicio de ambigüedad política que confunde a los salteños y debilita la credibilidad de la gestión provincial. El vicegobernador reclama terminar con las designaciones a dedo en el peronismo, pero acepta sin reparos que Sáenz decida sobre su continuidad en la fórmula.
Marocco sostuvo que nunca más debe haber dedo en la selección de candidatos del justicialismo, pero cuando se le preguntó por su propia continuidad como compañero de fórmula de Sáenz respondió que aceptará lo que el gobernador determine. Esta contradicción entre el discurso y la práctica revela una doble vara que no contribuye a la transparencia ni a la calidad institucional que la provincia necesita.
El vicegobernador también modificó su posición sobre las PASO y pasó de criticarlas a proponer una interna abierta con millones de participantes, lo que demuestra una falta de coherencia que desorienta a propios y ajenos. Sus vaivenes políticos no son un hecho menor, porque ocupa el segundo cargo más importante de la provincia y sus palabras tienen un impacto directo en la confianza de los ciudadanos hacia el gobierno.
La relación de Marocco con Cristina Kirchner y con Kicillof contrasta con las diferencias públicas que Sáenz mantiene con la conducción kirchnerista del Partido Justicialista. El gobernador apoya la reelección de Milei y utiliza a su vice para acercarse a Kicillof por las dudas, en una estrategia que prioriza la conveniencia electoral por encima de las convicciones y de la coherencia programática.
Esta convivencia de lealtades cruzadas puede ser funcional a la supervivencia política de ambos dirigentes, pero no resuelve los problemas de los salteños ni construye una alternativa de gobierno clara para el futuro. La política provincial necesita definiciones honestas y no ejercicios de equilibrio que solo benefician a quienes detentan el poder y no a quienes esperan respuestas concretas.
Marocco tiene derecho a construir su propio espacio y a manifestar sus afinidades ideológicas, pero no puede hacerlo desde un cargo que le exige lealtad institucional al gobierno que integra. La coherencia no es un adorno y la ambigüedad permanente termina erosionando la confianza en las instituciones y en quienes las conducen.









