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José de Álzaga

Emiliano Durand enfrenta a Sáenz: intendente por la mañana y gobernador por la tarde

El intendente salteño, que hace semanas prometía lealtad al gobernador, hoy suena como candidato a la Gobernación en una operación impulsada desde Buenos Aires que expone la disputa por la sucesión.

Emiliano Durand versus Gustavo Saénz
Emiliano Durand

(SALTA).-(Por José De Álzaga).- Amigo Lector: todavía permanezco en Salta, donde estas semanas religiosas me obligan a alternar asuntos del Señor del Milagro y de la verdadera Virgen del Milagro con otros prodigios bastante menos celestiales. El último corresponde a Emiliano Durand, nuestro laborioso princeso municipal, hombre de apetencias tan veloces que hace dos meses anunció que buscaría nuevamente la Intendencia, hace una semana explicó que sería candidato si Gustavo Sáenz buscaba la Gobernación y ahora aparece, por misterios de la prensa porteña, convertido él mismo en candidato a gobernador. San Expedito necesitaba más tiempo.

No deja de maravillarme la sutileza de aquel “si Sáenz se presenta” pronunciado por Durand. Los romanos, que entendían bastante de conspiraciones y subordinadas, sabían que algunas palabras mataban mejor que una daga. Nadie le había preguntado al señor Intendente si Sáenz estaba impedido, enfermo, retirado a un monasterio trapense o preparando sus memorias. Pero Emiliano introdujo gentilmente la duda y continuó caminando. La política salteña posee esas delicadezas: uno abraza al jefe mientras comprueba discretamente si debajo del saco todavía respira.

Y entonces ocurrió el milagro periodístico. La Política Online, medio consagrado a escudriñar las alcobas del poder porteño, los movimientos de la Casa Rosada y las pequeñas miserias de la política nacional, descubrió repentinamente una conmovedora preocupación por el futuro de la Municipalidad de Salta. Según su última revelación, algunos peronistas ya imaginan a Durand como candidato a gobernador si Sáenz no pudiera competir. Para que una noticia tan municipal atraviese mil cuatrocientos kilómetros y aterrice con semejante precisión en Buenos Aires, alguna mano traviesa debió ayudarla con el equipaje. Las operetas, como los cadáveres, rara vez caminan solas.

No sé quién operó la opereta y tampoco me interesa privar al lector del placer de sospechar. Pero admitamos que la criatura nació bien alimentada. Hace dos meses Durand quería ser intendente. Hace una semana quería ser intendente con Sáenz gobernador. Esta semana otros quieren que sea gobernador sin Sáenz. A Alejandro Magno le tomó once años conquistar medio mundo; al princeso municipal le bastaron unas pocas semanas para recorrer todos los pisos disponibles del Grand Bourg sin abandonar el Centro Cívico Municipal. Después dicen que la juventud ha perdido la capacidad de progreso.

El problema para Sáenz ya no consiste solamente en saber qué hará Durand, sino en preguntarse cuánto desea Durand. Los gobernadores toleran muchas cosas en sus intendentes: errores, vanidades, fotografías, carteles y hasta alguna insolencia. Lo que suelen tolerar bastante peor es descubrir que el muchacho al que ayudaron a sentarse en una silla comienza a mirar la propia. La traición política jamás comienza con una puñalada; empieza mucho antes, cuando el heredero deja de mirar al padre y empieza a medir las cortinas de su dormitorio.

Durand puede, mientras tanto, declararse absolutamente leal. No anunció candidatura a gobernador ni rompió públicamente con Sáenz. Otros pronuncian su nombre, algunos peronistas lo encuentran atractivo y una publicación porteña coloca la bandeja sobre la mesa. En ciertas sobremesas salteñas hasta se susurra el apellido Urtubey cerca del suyo; ignoro si ambos caballeros han conversado y sobre qué asuntos, y quizá sea mejor conservar el misterio. Las conspiraciones elegantes nunca necesitan acta notarial. Si la operación fracasa, jamás existió; si prospera, habrá sido un clamor espontáneo. Bruto, por lo menos, tuvo la cortesía de presentarse personalmente en el Senado.

Sáenz debe observar ahora la escena con esa sonrisa que adquieren los jefes cuando descubren que uno de sus subordinados ha comenzado a crecer demasiado. El poder posee una aritmética cruel: cada punto que gana el heredero parece perderlo quien todavía ocupa el trono. Y cuando alrededor de un gobernador empiezan a discutirse sucesores antes de que el gobernador anuncie su despedida, la discusión deja de ser sobre el futuro del sucesor. Empieza a ser sobre la autoridad del jefe. Durand podrá jurar fidelidad cuantas veces quiera; algún enviado de Durand parece haber abierto la sucesión antes de tiempo y colocado su nombre encima de la mesa.

Cae la noche sobre Salta y regreso a mi vieja poltrona de cuero inglés. Imagino a Sáenz mirando hacia la Municipalidad y a Durand mirando, con la inocencia de un monaguillo, hacia Grand Bourg. Hace dos meses quería ser intendente; hace una semana prometía acompañar al gobernador; hoy una mano traviesa ya le acomoda el sillón de su jefe desde Buenos Aires. Me serviré una copa de un vino soberbio: Juana, de Bodega Mena Saravia, un blend de Malbec, Tannat y Petit Verdot. Las tres cepas pueden convivir magníficamente dentro de una botella; tres ambiciones dentro del mismo proyecto político suelen tener peor guarda. Cicerón, que conoció de cerca las lealtades de Roma, dejó una advertencia que Durand haría bien en recordar: “La amistad no puede existir sino entre hombres buenos”.

Hasta la próxima.

José De Álzaga

Josedealzaga@elintransigente.com

* Nació el 25 de mayo de 1955. Egresó con el Título de Licenciado en Historia de la Universidad de El Salvador. Cursó luego la Licenciatura en Filosofía en la Universidad de Navarra, España. Ejerció la docencia en prestigiosos colegios de la Ciudad de Buenos Aires. Posee títulos de posgrado otorgados por la Universidad de Boston. Actualmente, está dedicado a la investigación del impacto social de las ideas posmodernas en la Cultura Occidental.