(Por José de Álzaga).- Amigo lector: el lunes a media mañana llegó a la casona de San Isidro Mercedes, una morocha de Pinamar que tasa cuadros antiguos y que, para mi desgracia, también sabe tasar a los hombres. Pelo negro hasta la cintura, ojos de gitana con título universitario y un andar que convirtió la galería en pasarela, venía a valuar el óleo de mi bisabuelo, un caballero de patillas que preside el comedor desde hace un siglo con cara de acreedor. Lo miró de arriba abajo, me miró a mí de la misma manera y no supe cuál de los dos salió peor parado. «El cuadro vale mucho más que el dueño», sentenció. «Por eso vivimos juntos, querida: uno pone el valor y el otro la conversación», le contesté, y la tasadora se rió con una carcajada que, si la cobraran aparte, saldría más cara que el óleo.
Mientras Mercedes examinaba las pinceladas con una lupa, yo repasaba las noticias del domingo. Lula volvió a ganar en Brasil después de haber salido segundo en la primera vuelta, y fue un día pésimo para Bolsonaro y, por carácter transitivo, para Javier Milei, que había llamado ladrón al brasileño en plena votación y había apostado la casa entera a Flávio. Para Lula, en cambio, fue un día magnífico, y para mí también, aunque por razones bastante menos históricas. Lo mío fue un asunto de caballos, que es la única política en la que todavía confío, porque al menos ahí el que pierde no puede decir que le robaron la carrera.
El viernes, en el Handicap Alan Breck de San Isidro, le jugué a Chaplin, un hijo de Nicholas que nadie miraba y que ganó por un hocico sobre la raya, pagando siete pesos con treinta. Lo elegí por el nombre, en homenaje al genio del cine mudo, sin saber todavía que el cine mudo iba a ser el tema de esta columna. El domingo fui al Jockey Club a cobrar y a festejar como corresponde, con un single malt de las Highlands de esos que se sirven con una sola piedra de hielo y se beben despacio, como se leen las cartas de amor, y un par de morochas de sombrero que miraban la pista y, de vez en cuando, me miraban a mí, que es lo más parecido a ganar dos veces el mismo fin de semana. Fue en ese clima de felicidad hípica y escocesa, mientras en Brasil todavía contaban votos, cuando un salteño viejo, conocido mío de la infancia, se acercó a mi mesa con una noticia que me cortó el whisky.
Me recordó que Emilia Orozco, la legisladora libertaria que conocemos en Salta, se hizo famosa denunciando fraudes y embistiendo contra el voto electrónico con fervor de cruzada. Y resulta que en Brasil se vota con urna electrónica desde hace treinta años, y que esta vez la urna le dio la victoria a Lula, mientras los bolsonaristas lloraban fraude por los rincones. Era su momento de gloria, la final del campeonato, la ocasión de decir «yo les avisé». Y sin embargo, silencio. Para colmo, el viernes su jefe había pedido que los periodistas se quemaran en la hoguera, una ocurrencia que hubiera hecho sonrojar a Torquemada, que por lo menos armaba un juicio antes de juntar la leña, y ella, que alguna vez fue periodista, tampoco dijo nada. Ni una palabra. Chaplin, a su lado, es un charlatán.
Hay que entender la magnitud del fenómeno. Emilia Orozco es una dama que no sabe callar. Siempre tiene una opinión, una corrección, una advertencia, un dedo levantado para explicarle al resto cómo se hacen las cosas. Es la maestra ciruela de la política salteña, con esa sonrisita irónica que parece copiada de Federico Posadas, como si los dos hubieran tomado clases con el mismo profesor de muecas. Que una mujer así se quede muda es tan inquietante como un salteño que llega puntual a una cita: uno no sabe si alegrarse o llamar a una ambulancia.
Lo que pasó es que la tienen frenada, con la correa corta y el bozal puesto, sin poder hacer nada de lo que le gusta, que es básicamente hablar. Está pintada al óleo en Salta: un cuadro solemne, bien enmarcado, colgado en la pared del oficialismo, que todos miran al pasar y al que nadie le pide opinión. Se lo comenté a Mercedes, y la tasadora dictaminó que esos cuadros se cotizan poco, porque lucen bien en la pared pero no combinan con nada. Eso sí, el día que Milei aterrice en Salta, Orozco recuperará la voz de golpe, como las cantantes de ópera que se curan la afonía justo a tiempo para el aplauso.
Confieso que a veces me pongo a imaginar lo que sería convivir con ella. Una casa donde te corrigen la forma de untar la tostada, te explican cómo se dobla la servilleta y te dan una clase magistral sobre la temperatura del mate, con la amenaza de un examen recuperatorio el lunes. Un infierno con cortinas de voile. Y pensar en Salta entera bajo su mando directamente me espanta. Yo me crie entre las procesiones del Milagro, los valses del Club 20 de Febrero y las empanadas a orillita del canal los domingos a la mañana, en aquella Salta que fue siempre la de los milagros, la capital de la fe, hasta que Juan Manuel Urtubey apareció en la gobernación, se puso al frente de la fila para cambiar el DNI y convertir a los nenes en nenas y viceversa, y desde entonces la transformó en la antigua capital de la fe. Esa Salta sobrevivió a Urtubey, pero con Orozco al mando la Virgen del Milagro y la Virgen del Cerro harían las valijas en una misma noche y se mudarían a Jujuy.
Por suerte, nada de eso parece probable. Dicen que a Orozco le tienen prohibido ser candidata a cualquier cosa, salvo a vice de Gustavo Sáenz, que es como encerrar a alguien en una casa y dejarle abierta una sola puerta, justo la que da al cuarto donde no quiere entrar. Y ella no quiere, un gesto que hay que reconocerle: Sáenz no es para cualquiera, y compartir fórmula con él exige un estómago de avestruz y una paciencia de monje tibetano. Les recuerdo a los lectores que, a pesar de mi conservadurismo y de mi antiperonismo de cuna, mi posición sobre los mandatos sigue siendo la misma que ya expresé en estas páginas: estoy a favor de los doce años. Romero gobernó doce, Urtubey gobernó doce, y para medir con justicia hay que usar siempre la misma vara. Aunque admito que la vara es una herramienta delicada para Sáenz, que suele mirarla desde abajo.
Esta noche, mientras Mercedes decide si el bisabuelo se queda en el comedor o se va a un remate, descorcharé un Krug Clos du Mesnil, unos mil dólares la botella, que pagaré con lo que dejó Chaplin y con algo de lo que no dejó. Es un champagne de pura chardonnay nacido en una viña minúscula de la Champaña, rodeada de muros desde fines del siglo XVII, que sale a la copa dorado, finísimo, con burbujas de alfiler y un recuerdo de avellana tostada y pan recién horneado. Lo elijo a propósito, porque es el único vino del mundo que se hizo famoso de puro encerrado, y brindaré con él a su salud, querida Emilia, para que usted también descubra que la clausura, bien llevada, puede tener su prestigio. Ya lo dejó escrito el Eclesiastés -capítulo 3, versículo 7-: hay «tiempo de callar, y tiempo de hablar». El Predicador olvidó aclarar quién reparte los turnos; en su caso, querida, los reparten en Buenos Aires.
Hasta la próxima.-
José De Álzaga
Josedealzaga@elintransigente.com
Nació el 25 de mayo de 1955. Egresó con el Título de Licenciado en Historia de la Universidad de El Salvador. Cursó luego la Licenciatura en Filosofía en la Universidad de Navarra, España. Ejerció la docencia en prestigiosos colegios de la Ciudad de Buenos Aires. Posee títulos de posgrado otorgados por la Universidad de Boston. Actualmente, está dedicado a la investigación del impacto social de las ideas posmodernas en la Cultura Occidental.





